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Piensa en tu mejor orgasmo, multiplícalo por mil y aún estarás lejos. Renton (Ewan McGregor) en Trainspotting
Talentoso, audaz, original, cínico, visionario. Son sólo algunos de los calificativos que le caben al director Danny Boyle, responsable de algunas de las películas más vibrantes de mediado de los ’90 para acá. Sus films siempre giran alrededor de los mismos temas: la juventud, la amistad puesta a prueba, la búsqueda de un paraíso personal y un sentido de la cinefilia. Y siempre en película de distinto género. Nacido el 20 de octubre de 1956 en Manchester, Inglaterra, hijo de padres católicos irlandeses (en algún momento, Boyle consideró dedicarse al sacerdocio), hincha del Manchester United, siempre fue fanático del cine, pero su ingreso al Show Business se produce mediante el teatro. Primero ingresa en la compañía Join Stock, para luego pasar a la Royal Court Theatre Upstairs, donde ejerció como director creativo entre 1982 y 1985). Durante ese tiempo montó diferentes obras teatrales muy elogiadas y galardonadas, como The genious, de Howard Brenton. Asimismo, trabajó para la prestigiosa Royal Shackespeare Company. Ya en los ’80 comenzó a producir y dirigir series y telefilmes para la BBC. Entre otras cosas, dirigió episodios de la serie Inspector Morse y produjo el polémico film para TV Elephant (1989), del cineasta Alan Clarke, cuyo título inspiró la película de Gus Van Sant. La década del ’90 marca el inicio de su exitosa carrera cinematográfica.
Sobre capitalistas y tumbas
Tres jóvenes descubren muerto a su inquilino junto a una valija repleta de dinero. En vez de hacer la denuncia, deciden deshacerse del cadáver y quedarse con los billetes. Con el pasar de los días, cada uno irá sacando a relucir su costado más enfermo y macabro.
Para Tumba..., las influencias de Boyle parecen muy claras: los hermanos Cohen de Simplemente sangre (Blood simple, 1985), pero, sobre todo, Alfred Hitchcock. Algunas planos de las escaleras remiten a Vértigo-de entre los muertos (Vertigo, 1958), y, al igual que Norman Bates en Psicosis (Psycho, 1960), los codiciosos protagonistas tiran el coche del muerto en un lago. Esta primera incursión de Boyle en la pantalla grande fue un éxito de público y de crítica, que le valió la Concha de Plata como Mejor Director en el Festival de Valladolid, y el premio a la Mejor Película en la academia británica (Bafta). Hollywood se mostró interesado, y lo tento a dirigir Scream-vigila quién llama (Scream, Wes Craven, 1996) y Alien: la resurrección (Alien: resurrection, Jean-Pierre Jeunet, 1997). Casi se hacer cargo de la cuarta entrega de la saga del bicho baboso: “Nos ofrecieron el proyecto al productor Andrew McDonald y a mí, y lo íbamos a hacer. Nunca me resistí. De hecho, me encantan Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) y Alien: el regreso (Aliens, James Cameron, 1986). (...) Pero a medida que nos fuimos involucrando en el proyecto, nos dimos cuenta de que el proceso se había transformado en algo bastante complicado en el aspecto técnico, especialmente ahora, después de un verano lleno de películas con efectos especiales. Todo está hecho con storyboards y por computadora. La desventaja es que se tiene menos tiempo de trabajo con los actores, que es lo que más me interesa”. En cambio, optó por darle luz a un proyecto a menor escala, pero igual de ambicioso.
Un viaje de ida
Elige una vida elige un trabajo, elige una carrera, una familia, lavarropas, autos, hipotecas a plazo fijo, reproductores de CD y abridores de lata eléctricos. Elige sentarte en un sofá mirando programas de juego que aplastan tu espíritu y arruinan tu mente, mientras te metes porquería en la boca. Elige pudrirte al final de todo, emborrachándote en una casa miserable para vergüenza de los pendejos egoístas que criaste para reemplazarte. Elige tu futuro, elige la vida. ¿Por qué querría hacer una cosa así? Elijo no elegir. Elijo la droga.
Tal es el monólogo en off de Renton en el comienzo de Trainspotting-sin límites (Trainspotting, 1996).
Basada en la novela de culto de
Irvine Welsh —que en la película aparece brevemente como un dealer—,
la historia de un grupo de heroinómanos de Edimburgo debe su título a un
hobbie inglés que consiste en anotar los trenes que pasan, sin ningún
sentido. Según Welsh, funciona como una metáfora de la obsesión masculina.
Para Boyle,”Se empezó a usar para designar a cualquiera que estuviera
obsesionado por cosas triviales. Está relacionado con la idea de conquistar
un área de información a través de la acumulación de datos. (...) El avance
de la tecnología ha puesto al hombre en una posición inferior. Las
computadoras gobiernan nuestras vidas y pareciera que el hombre tiene la
necesidad de sentir que todavía en capaz de controlar, por lo menos, un área
de conocimiento”.
Por eso Renton lo sabe todo sobre drogas; Sick Boy (Johnny Lee Miller), todo sobre Sean Connery, mientras que Begbie (Robert Carlyle) es un experto consumado en actos violentos. En su momento, Trainspotting recibió el apodo de “La naranja mecánica de los ‘90” (Película en la que ya profundizamos en otro número de Axolotl). Tal comparación debió venir por lo violento de las escenas más memorables y por las recurrentes citas a la obra maestra de Stanley Kubrik: en las paredes del bar que frecuentan los protagonistas pueden observarse inscripciones en el lenguaje nadsat, el usado por Alex y sus secuaces en La naranja... Pero también hay homenajes al universo de James Bond (rememeber el fanatismo de Sick Boy), y a la filmografía de Martín Scorsese (planos congelados, dibujos de personajes de Taxi Driver). Con un presupuesto de dos millones y medio, el film recaudó varias veces esa suma, en gran parte debido la controversia originada por gente idiota que no sabe nada de cine (o nada d nada), que la acusó de apología de las drogas. Boyle dijo lo siguiente: “No es la intención del libro entregar un principio moral como si fuera un remedio prescripto para solucionar el problema de la droga. (...) Lamentablemente, la realidad es que aun drogadicto ese tipo de mensajes le entra por un oído y le sale por el otro. No le interesa escuchar principios morales porque éstos no reflejan la realidad de un enfermo de la droga. Uno de los problemas mayores que presenta la drogadicción es que la mayoría de la gente no lo hace para suicidarse, ni para sentirse enfermos: se drogan porque la pasan súper bien o al menos creen que van a pasarla bien. (...) Creo que si la gente siente que la película glorifica las drogas es porque sus personajes lo hacen, especialmente al principio y sobre todo a través de las imágenes que procuran reflejar la energía que estos jóvenes despiden”. Además de convencer a George Lucas de que Ewan McGregor debía interpretar al joven Obi Wan Kenobi en las precuelas de La guerra de las galaxias (Star wars, 1977), el suceso de Trainspotting hizo que Danny Boyle se decidiera a probar suerte en la Meca del cine.
Aventura americana
Vidas sin reglas (A life less ordinary, 1997), el tercer largometraje del director, no está a la altura de sus trabajos anteriores, pero sigue siendo un productor muy Boyle. Para contar esta ocmedia romántica acerca de una chica rica (Cameron Díaz) y un fracasado barrendero escocés (Ewan McGregor), se valió de los tópicos del cine americano y les dio un nuevo aire. Para empezar, hay una pareja de ángeles (Holly Hunter y Delroy Lindo) que bajan a la Tierra para lograr la unión sentimental de los protagonistas. Los ángeles fueron fundamentales en clásicos yanquis como, por ejemplo, Qué bello es vivir (It’s a wonderull life, Frank Capra, 1946). Vidas... también incluye sanas dosis de enredos, persecuciones, tiroteos, números musicales, asalto a bancos, secuestros, bombas deteniéndose a último momento, casamientos y luna de miel incluidos... Si bien no era un tanque de cien millones, la película generó cierta expectativa, pero pasó sin pena ni gloria. Así y todo, Boyle demostró que no le pesaba trabajar en territorio estadounidense. Al menos, eso parecía.
Arena y sol
La playa (The beach, 2000), basada en la estupenda y satírica novela de Alex Garland, iba a ser una producción británica, pero termino convirtiéndose en un tanque millonario. Como protagonista, DB reemplazó a Ewan McGregor por Leonardo DiCaprio, quien ya era una superestrella gracias a Titanic (James Cameron, 1997). El quipo técnico elegido no era para menos: además de MacDonald y Hodge, contó con la fotografía del iraní Darious Khondji —famoso por su tarea en Pecados Capitales (Se7en, David Fincher, 1995) y Evita (Alan Parker, 1997) — y la música de Angelo Badalamenti, habitual colaborador de David Lynch. ¿La historia? Richard (DiCaprio) es un mochilero que, de viaje por Tailandia, descubre una comuna hippie ubicada en una isla rodeada por acantilados. Todo se complica cuando los lugareños son capaces de lo que sea con tal de preservar su paraíso privado. La película pasó por varios problemas: desde los elevado del presupuesto (sólo veinte billetes verde se fueron en el sueldo de la estrella) hasta denuncias del gobierno tailandés por dañar la naturaleza, sin olvidar la expectativa generada por DiCaprio. El hecho de convertirse en una superproducción de Hollywood obligó a dosificar el carácter salvaje y audaz del libro. Si bien el resultado final tiene momentos visuales muy atractivos y conserva el ritmo alocado que caracteriza al director, el conjunto deja mucho que desear, más que nada porque traiciona la esencia del material de Garland. El fracaso de La playa hizo que Danny Boyle regresara a Reino Unido, a repensar su futuro.
Días de furia
Si de algo sirvió La playa es para que Boyle se conociera con Alex Garland. Fue le escritor —un fanático confeso de género fantástico y de terror, sobre todo de las películas de muertos vivos de George A. Romero—, quien le llevó la idea de un largometraje sobre un virus de rabia que convierte a los habitantes de Inglaterra en temibles zombies. Boyle compró: "Me pareció una buena vuelta de tuerca al clisé de un virus que escapa de un laboratorio. En las primeras páginas había una imagen de un hombre que camina en pijamas por una Londres desierta. Esas cosas me llevaron a querer filmarla. Y llegamos a lo que la película es hoy, un viaje que, espero, sea más emocional y perturbador que una simple película de género”.
Al igual que en los films de Romero, acá se demuestra una vez más que los pocos sobrevivientes no son capaces de ayudarse y pueden llegar a ser más depravados que cualquier amenaza exterior. Opina Boyle: “Muchos dicen que la sociedad actual ya no existe, que ya no tenemos ninguna obligación el uno con el otro. Que es cada uno por sí mismo. Y muchos extremistas dicen que es cuasa de la democracia, porque te hace pensar que sos importante cuando en realidad no lo sos. Y es la frustración de descubrir que no lo sos”. Para los roles protagónicos, esta ve Boyle contó con caras nuevas que hoy están haciendo carrera: Cillian Murphy, visto el año pasado como el Espantapájaros de Batman Inicia (Batman begings, Christopher Nolan, 2005) y Nami Harris, actualmente en las secuelas de Piratas del Caribe: la maldición del Perla Negra (Pirates of the Caribbean: the curse of the Black Pearl, Gore Verbinsky, 2003), además de Brendan Gleeson y Christopher Eccleston, que vuelve a las hueste de Boyle (compuso a un psicótico en Tumba al ras de la tierra). Exterminio fue rodada en video digital, lo que permitió abaratar costos. Sin embargo, filmar en DV respondía a cuestiones artísticas. “Sentíamos que el video digital era muy apropiado para una película sobre el Apocalipsis. El aspecto del video digital queda justificado por el hecho de que el mundo ha llegado a su fin y nadie sabe cómo va a ser. Estas cámaras siguen funcionando si les encontrás pilas. Lo bueno del video digital es que todavía no hay una mística con respecto a él, no hay verdaderos expertos. De hecho, algunas escenas fueron grabadas por mí en el jardín de mi casa de Londres”, confesó el director en una entrevista. Por esa razón contó con Anthony Dod Mantle, casi un especialista en esa clase de tecnología, ya que venía de trabajar en películas de ese movimiento idiota conocido como Dogma 95. Exterminio fue célebre en su momento por ser “LA MÁS IMPRESIONANTE PELÍCULA DE TERROR, CON DOS FINALES”. La historia es así: Garland escribió un determinado final para la historia, y uno muy pesimista. Transcurría en el distrito de los Lagos de Gran Bretaña. Pero antes de poder trasladarse al lugar, la producción se quedó sin dinero. Así que el director eligió filmar un final diferente, y con Londres como locación. Pero... “Cuando les mostramos la película a la gente de Fox, les encantó pero odiaron el final. Nos dijeron: ‘Acá tienen un poco más de dinero. Vayan a filmar el final original que tienen en el guión’. Pero nosotros dijimos: ‘Muy bien, pero la cosa es que hemos reescrito ese final’. De modo que teníamos dos finales y eso suscitó grandes discusiones. Uno de los finales es sumamente sombrío. Cuando ves la película con ese final, realmente es muy dura. Entonces decidimos elegir el otro. Pero Fox de EE.UU., irónicamente, quiso incluir los dos finales”. Por lo tanto, el film se estrenó en Inglaterra y Estados Unidos con un solo final, pero en el resto del mundo, con los dos. ¿Por qué? Pura estrategia de marketing por parte de la Fox, que dio como resultado un gran éxito y la resurrección de Danny Boyle.
Money
Si algo faltaba en la carrera de Dany Boyle era un film protagonizado por un niño. Ese largometraje llegó en 2004 con Millones (Millions). Esta vez el guión corrió por cuenta de Frank Cotrel Boyce, escritor fetiche del prolífico realizador Michael Winterbottom. Ambos nos dieron, entre otras, la espectacular Manchester 1970-1990: la fiesta interminable (24 hours party people, 2001). El argumento de esta comedia dramática es, básicamente, una versión más luminosa —o, al menos, no tan oscura— de Tumba al ras de la tierra: dos hermanitos ingleses que viven con el padre (la mamá murió) se encuentran con un bolso repleto de millones de libras esterlinas. ¡Cuántas cosas podrían comprarse con tanto dinero! Pero los muchachitos deben apurarse a usarlo: por un lado, en pocos días se producirá el cambio de libras a euros (en la vida real, Reino Unido nunca adoptó esa moneda). Por otro lado, un ladrón comienza a acechar a los chicos, con la intención de apoderarse del botín. Entre tanto, Damien (Alexander Nathan Etel), el hermano menor y verdadero protagonista del film, tiene visiones religiosas: siempre se le aparecen santos que lo aconsejan, y él aprovecha para preguntarles si conocen a la fallecida madre. Boyle le imprime su estética de siempre, aunque con menos frenesí. También aparecen elementos de un inusual realismo mágico, y momentos muy conmovedores, pero sin llegar a la sensiblería. Definitivamente, el director había recuperado la forma.
Marca boyle
A diferencia de mucos directores que siempre filman la misma historia, Danny Boyle siempre está dispuesto a explorar nuevos territorios, a los que sabe dotar de aires renovados: thriller (Tumba al ras de la tierra), comedia dramática (Millones), comedia romántica (Vidas sin reglas), aventura (La playa), terror, (Exterminio), parece que ningún género le queda chico. Boyle trata de no repetirse, pero sin perder su esencia ni su estilo comercial. Boyle no da respiro. Como alguien dijo por ahí, su obra vendría a ser el equivalente cinematográfico del Brit pop, y no sólo por el uso de es música en sus películas. “Si los tipos de Oasis y Blur se hubieran metido en el cine”, dijo el director una vez, “tendríamos una industria muy vibrante”. Porque a Boyle no le interesa hacer el denominado “Cine de arte y ensayo”: su prioridad es contar una buena historia con personajes interesantes. Tiene muy en claro que la función básica del cine es entretener. En cuanto a sus obsesiones, vale sumergirnos un poco más en ellas. Para comenzar, la juventud de la mayoría de sus personajes. Según Boyle, la juventud es la etapa más interesante, ya que hay descubrimientos, frustraciones, energía. Luego llega la edad madura y nos tranquilizamos. Pero eso los personajes deben elegir el camino hacia la madurez, pero algunos no lo logran (incluso mueren). En el final de La playa, Richard lo dice así “El mundo en el que vivimos es inevitable. Es inevitable convertirnos en lo que nos estamos convirtiendo. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Nos adaptamos. Seguimos adelante”. Además, estos jóvenes suelen ir en busca de una suerte de paraíso personal, pero una vez que acceden a él, descubren el infierno. Puede ser un objeto, un lugar u otra persona. En Tumba... y en Millones, el dinero; en Trainspotting, las drogas; en La playa, la deslumbrante laguna encerrada por acantilados; en Exterminio, la salvación. Por otra parte, las historias transcurren en el presente; nunca en el pasado ni en el futuro. “Me interesa captar el momento”, confesó Boyle, quien suele reforzar esta máxima con buenas dosis de música electrónica. Otro tema recurrente: la amistad, el sentido del compañerismo quebrándose tarde o temprano. En Tumba..., la obsesión por los billetes hace que los tres amigos se vuelvan unos contra otros. En Trainspotting, el grupo de inadaptados se mantiene unidos hasta cierto punto. En La playa, la buena relación de Richard con los hippies se hace añicos al enterarse de sus método para proteger la laguna. Luego de Trainspotting, a Boyle lo llamaron el “Tarantino británico”. Si bien ambos son algunos de los directores más representativos de los últimos quince años, no tienen demasiados rasgos en común, salvo el carácter transgresor y la cinefilia. DB jamás pierda la oportunidad de citar a alguna película, pero no tan explícitamente como el responsable de Tiempos violentos (Pulp fiction, 1994).
Otros proyectos
Entre algunas películas, Boyle volvió a la TV británica. En 2001 estrenó Vacuuming Completely Nude in Paradise, un telefilme para la BBC2 protagonizado por Timothy Spall, y Strumpet, con Christopher Eccleston. Se sabe que son historias sobre gente de clase media británica. De cualquier manera, ninguna tuvo demasiada repercusión.
Pero un año antes, Boyle dirigió
Alien love triangle, filmada en Estados Unidos, con Kenneth Brannagh,
Heather Graham y Courtney Cox. Se trata de una historia corta que iba a
integrar una película episódica titulada Light years, que nunca se
concretó debido a que los otros dos partes pasaron a ser largometrajes
bastante destacables: Mimic (Guillermo del Toro, 1997) e Impostor
(Gary Fleder, 2000). Dentro de pocos meses estaremos conociendo Sunshine, su nuevo opus y primera incursión oficial en la ciencia-ficción. Según el guión de Alex Garland —en su segunda colaboración con el director—, un grupo de astronautas viaja rumbo a Sol con el objetivo de devolverle la vida. Pero la misión puede llegar a correr peligros inimaginables. En cuanto al elenco, al ya conocido Cillian Murphy se suman Michelle Yeho y Chris Evans, entre otros. ¿El estreno? Seguramente el año próximo. Ojalá el tiempo pase rápido, así podemos disfrutar de una nueva película de Danny Boyle. |
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© Revista Axolotl, Número 15 |