|
|
|
|
|
|
Antes de convertirse en una película de culto, El club de la pelea fue una novela engendrada por Chuck Palahinuk, paradigma del escritor maldito norteamericano. Nacido en Pasco, Washington, allá por 1962, Charles Michael Palahinuk casi no llega a este mundo: su padre estuvo por ser asesinado. Así lo contó Chucky: “Cuando él era chico, mi abuelo se volvió loco, mató a mi abuela y persiguió a mi padre, quien se escondió bajo una cama, se salvó y fue testigo privilegiado de cómo mi abuelo se voló la tapa de los sesos”. (años más tarde, el padre fue asesinado por el ex marido de su novia).
A pesar de tan macabra historia familiar y de
otros turbulentos episodios de su juventud withtrasher, logró salir
adelante. Se recibió de periodista en la Universidad de Oregon y empezó a
trabajar para un diario del estado de Pórtland. Por algún motivo
(seguramente uno de orden monetario), abandonó su carrera para desempeñarse
como mecánico —y luego como redactor de manuales— en la compañía de camiones
Freightliner. También realizó trabajos voluntarios como acompañante de
enfermos terminales, pero renunció al morir un paciente con el que se había
encariñado. A partir de los treinta y tres años comenzó a frecuentar el taller de escritura creativa del autor Tom Spanbahuer, quien inspiró el estilo minimalista que caracterizaría su prosa. Al poco tiempo, Palahniuk escribió su primer libro, Insomnia: If You Lived Here, You'd Be Home Already, que nunca publicó, pero que sirvió como borrador de El club... Su segunda novela, Monstruos invisibles, fue rechazada sistemáticamente por todas la editoriales por considerarla muy extraña y controvertida. Enardecido, Palahniuk decidió escribir una obra más perturbadora y apocalíptica aún. Fight club (que en idioma castellano se publicó con el nombre de El club de la lucha), no sólo vio la luz, en 1996: también se convirtió en una de los libros más comentados de los últimos diez años.
Una historia violenta
“Tyler me consigue un trabajo de camarero, después me mete una pistola en la boca y me dice que para alcanzar la vida eterna primero tienes que morirte. Sin embargo, durante mucho tiempo Tyler y yo fuimos muy buenos amigos”. Tal es el comienzo del libro, que está contado desde el punto de vista de un insomne oficinista anónimo, amante del consumo por catálogo. Para sentirse vivo y luego poder dormir en paz, decide frecuentar grupos de apoyo para enfermos terminales. En ese contexto conoce a Marla Singer, una dark con tendencias suicidas, y a Tyler Durden, un misterioso y carismático individuo con múltiples trabajos. Tyler está tan disconforme con la vida y con el sistema como el narrador: “Borrachos en un bar donde nadie se fijaba en nosotros y a nadie importábamos, le pregunté a Tyler qué quería que hiciera. Tyler me dijo: —Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas”. Según Tyler, la perfección es sólo masturbación. La respuesta es la autodestrucción. Así que ambos forman el Club de la Lucha, un particular grupo de apoyo con sede en el sótano de un bar. Ahí, hombres grises, desilusionados, tienen la oportunidad de desahogarse a las trompadas. “La mayoría de estos tíos está en el club de lucha por culpa de algo contra lo que tienen miedo de luchar. Después de unos cuantos combates el miedo es mucho menor”. En el club de la lucha hay ocho reglas, que Tyler Durden se encarga se recitar todas las noches a la luz de una lamparita desnuda: 1) No se habla del club de la pelea. 2) No se habla del club de la pelea. 3) La pelea termina cuando alguien dice “Basta” o termina herido, por más que esté fingiendo. 4) Sólo dos personas por combate. 5) Una pelea por vez. 6) Sin camisa ni zapatos. 7) Cada combate dura lo que tenga que durar. 8) Si es tu primera noche en el Club, tenés que pelear. “El club de lucha no es como un partido de fútbol americano transmitido por televisión. (...) Después de haber estado en el club de la lucha, ver partidos de fútbol americano por televisión es como ver películas porno cuando podrías estar follando a lo grande”. Pero la historia no termina ahí. El grupo deviene en una organización terrorista dedicada a atentar contra la grandes corporaciones. El propósito de tanto bardo: destruir el american way of life para que la civilización comience de cero.
La vida misma
El club... es la novela más autobiográfica de Palahniuk. Cuando trabajaba en Freightliner, solía agarrarse a piñas con sus compañeros de trabajo. Es que lo abrumaba su situación y la de sus amigos: gente con títulos universitarios, que, al no conseguir trabajo de sus especialidades, debían sobrevivir desempeñándose como camareros o limpiaparabrisas en estaciones de servicio. Además, el autor asistió a grupos de apoyo. “Dentro de nuestra cultura, uno de los pocos lugares en los que la gente puede ser realmente honesta, sin preocuparse por lucir bien o parecer ‘positiva’, son estos grupos de apoyo. Allí se puede hablar con franqueza, descarnadamente, se puede ser vulnerable, se puede quebrar frente a otros a los que tampoco les preocupa cuidar las formas”. Uno de los grandes atractivos del libro es su estilo. Palahniuk usa frases cortas, directas, saltos temporales... y de golpe, el lector llegó a la última página. “Cuando comencé”, contó el autor en una entrevista, “mi objetivo era que la gente volviera a leer. Entendí que hay que evitar siempre las largas descripciones y las epifanías. La clave está en la trama, y en usar montañas de verbos”. Si bien los editores aceptaron publicar la obra, le pidieron al autor que alterase las recetas para fabricar bombas que se describen en algunas páginas. Chucky accedió a los cambios, pese a los ridículo que le pareció la decisión, ya que cualquiera puede encontrar esas recetas en sitios de internet. La crítica emparentó a El club... con los trabajos de J. G. Ballard, Kurt Vonnegut, Douglas Coupland (Generación X), Irvine Welsh (Trainspotting) y Bret Easton Ellis. De hecho, el autor de American psicho la llamó “una novela apocalíptica, hipnótica y despiadada”. Gracias al reconocimiento obtenido, Palahniuk pudo largar los camiones y siguió escribiendo libros satíricos, infestados de situaciones desagradables que provocan la risa culpable del lector: Superviviente, Monstruos invisibles (sí, cuando se hizo famoso la publicaron), Asfixia, Nana, Diario: una novela, Error humano y Haunted, una colección de cuentos que incluye el relato “Guts”, muy popular en la internet. También tiene un web site, www.chuckpalahniuk.net, desde el que coordina un taller literario, y suele colaborar para diversas publicaciones.
Adaptation
Para fines de los ’90, el director David Fincher
era un raro espécimen dentro de Hollywood. Si bien trabajaba para los
grandes estudios, nunca dejó de hacer un cine audaz, alejado de cualquier
convencionalismo: Alien III (1992) y Pecados capitales (Se7en,
1995) y Al filo de la muerte (The game, 1997) contenían
atmósferas oscuras y finales sorpresa —generalmente pesimistas—, así como un
impecable sentido de la narración y de la estética. No es de extrañar que El club... le haya partido el cráneo, al punto de querer filmarla. Al poco tiempo se reunió con Laura Ziskin, de Twentieth Century Fox (dueña de los derechos para adaptar el libro al cine) y le dijo: “Podemos filmarlo por tres millones en video, como si fuera una suerte de versión filmada de un libro de recetas de cocina medio anarquista. O realmente nos podíamos poder las pilas y tratar de acaparar todo lo de la novela, como la escena del avión explotando en la mitad del vuelo y el accidente de auto...”. El resultado: una producción de casi setenta millones de verdes y con estrellas. En un primer momento, los protagonistas iban a ser Sean Penn y Courtney Love, pero al final quedaron Brad Pitt, Edward Norton (por aquel entonces, novio de la viuda de Kurt Cobain) y Helena Boham Carter.
El guión, a cargo del todavía ignoto Jim Uhls, no incluye todas las situaciones y personajes del libro (la literatura es una cosa; el cine, otra), pero logra captar el tono desvergonzado que le diera Palahniuk. El final es distinto, pero nunca va en contra de la esencia de la historia. En el aspecto visual, la película contó con el diseño de producción de Alex McDowell y la iluminación de Jeff Cronenweth. Jeff —hijo del fallecido Jordan Cronenweth, director de fotografía de Blade Runner— se valió de un amplio formato de pantalla y de lentes especiales para las tomas nocturnas. Fincher tradujo el estilo de la novela en saltos temporales y efectos especiales, que pueden descolocar al espectador más desprevenido. Son recursos típicos de un video clip, pero el director, con la habilidad que lo caracteriza, los pone al servicio de la narración. Además, Fincher es un obsesivo y perfeccionista. Para que se den una idea, el rodaje duró 126 días (cuando muchos films se ruedan en ocho semanas), y se usaron 1.500 latas de película, el triple de lo habitual.
El club... tuvo su premiére en el Festival de Venecia de 1999. El estreno comercial estaba pautado para julio de ese mismo año, pero recién salió en octubre. Al parecer, era necesario sacarle minutos para que no quedase tan larga. Por lo menos, eso contó el director. Una versión no oficial dice que la Fox quería evitar la polémica que podía suscitar entre el gran público. Por aquella época se produjo la tristemente célebre masacre de Columbine, Colorado. Por si no lo recuerdan, dos estudiantes de la secundaria entraron a la escuela con armas automáticas y dispararon a muerte contra sus compañeros. Por esta razón, el País del Norte estaba sensibilizado y, como siempre, culpó de todos los males a las películas y los videojuegos. De mucho no sirvió: aunque debutó en lo más alto del box office durante el primer fin de semana, fue un fracaso económico. La crítica estuvo dividida, pero lo cierto es que casi nadie la entendió. O la entendieron mal. Lo que era una feroz crítica al materialismo y a la masculinidad fue interpretada como una oda al delito y la violencia. “Se supone que es una sátira”, dijo Fincher, “una comedia negra. Creo que es graciosa. Pero no sé. Creo que mi definición de ‘gracioso’ es diferente a la de los demás”. Para colmo, en Brasil, un muchacho asesinó a tiros a dos personas en uno de los cines donde proyectaban la película.
Comenzó a tener bastante éxito como DVD y, de a poco, se ganó el mote de cult movie. En 2005 salió como la más consultada en IMDB (Internet Movie Data Base). Y, pese a que le da duro al consumismo, supo convertirse en un video juego de Playstation y en un musical de Broadway estrenado en 2004, que contó con la música de Trent Reznor.
¿Qué es lo que fascina tanto de El club de la pelea? Uno prende la televisión o abre una revista, y sólo se ven chicos lindos, jóvenes, exitosos. Como si la felicidad y el bienestar se resumieran en conducir un BMW último modelo. Como si lo demás no existiera. Palahniuk y Fincher supieron hacerle un fuck you a tanta superficialidad. Prefirieron internarse en el lado más desagradable del ser humano, revolver la mierda, donde todo es soledad, incertidumbre, desesperación. “Lo que intento inspirar con mis libros”, dijo Palahniuk, “es un cierto sentido de mortalidad, hacerles comprender a los jóvenes que no van a estar aquí para siempre. Si consigo eso, seré feliz”.
matiasorta@revistaaxolotl.com.ar
|
|
|
|
|
© Revista Axolotl, Número 9 |