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Tren (nota mental de fin de año) Caminar por el curso de una vía muerta: el cuadro perfecto de la desolación. Si el traqueteo monótono de un tren, si el paisaje que absorbemos a través de las ventanillas, son mágicos, podría conjeturar que marchar por un ramal abandonado es el contraste, el antídoto efectivo para demoler esa magia conocida. Y acaso, ¿alguien duda de la magia que encarna un viaje en tren?, ¿existe un fulgor más grandioso que el de las luces de una locomotora creciendo en plena noche? ¿o un sonido más hermosamente estremecedor que el de la bocina lejana de un ferrocarril? Porque pararse en el medio de una pampa oscura y esperar la llegada de una formación repleta de gente es la sensación más parecida a las ansias que preceden a la felicidad. Argentina tiene más vías muertas que vivas. Así y todo —como haciendo un típico arqueo cerebral de fin de año, tomando una balanza con mis manos y depositando rieles y locomotoras en los dos platos de la báscula— existen más de trescientas estaciones activas. En cada una de esas estaciones hay personas que esperan la llegada, el paso, de un tren. Los andenes se vuelven infinitos, parados en un extremo no podemos siquiera ver el final del otro lado, el extremo opuesto es devorado por el horizonte de la tierra. Esos inmensos andenes se colman de familiares, amigos, vecinos y curiosos que festejan el temblor de las vías y los terraplenes, el leve movimiento de los durmientes, el despertar de los guardabarreras y los boleteros, el apuro de los pasajeros que intentarán abordar su vagón de la manera más elegante. Un pueblo entero se despabila con la llegada del tren. Y para jugar con los contrastes, continúo este viaje mental con los ramales vivos. En las estaciones pasan ciertas cosas: llegar a Las Flores, saltar del vagón clase turista al andén, en plena noche de invierno, imaginar un joven Bioy Casares viajando a las tierras de su familia, en Pardo. O tal vez descender en la estación Rosario Norte, en el medio de un tumulto, un éxodo de rosarinos que se escapan de Buenos Aires los fines de semana, caminar hacia el centro, de nuevo en la noche, pisando las calles de Olmedo y Fontanarrosa. O partir de Lacroze, en la Chacarita, con extenso rumbo noreste, saludar a las poblaciones litoraleñas, sentir como penetra la humedad en el aire del tren, el rugido del convoy se adentra en las entrañas de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, niños, al costado de las vías, saludan sonriendo. La tierra es cada vez más colorada y ese Gran Capitán, cada vez más lento, cada vez más húmedo, hace sonar su bocina en cada pequeña estación del recorrido. Y si elegimos Tucumán, nos tocan veinticuatro horas, un día de viaje al ras del piso de Buenos Aires, Santa Fe y Santiago del Estero, para ingresar, dejando atrás el sonido de las chacareras de La Banda, en la provincia del azúcar, atravesando montes verdes que penetran por las ventanillas desde los dos costados, gestando una ronda de mates entre los pasajeros que siguen despiertos con destino a San Miguel. Caerá la noche en los vagones, los mates ayudarán a calentar lo que unas horas antes era una caldera, lo que la oscuridad del monte tornó friolento y misterioso. Entonces, en Chajarí o en Cardenal Cagliero, en Cucha Cucha o en Gorchs, en La Cruz o en Las Chuñas, en Los Toldos o en Maquinchao, en Pozo del Indio o en Saldungaray, crepitan aún los durmientes. Con destino noroeste o sur, pampeano o litoraleño, parten las largas formaciones desde las terminales porteñas de Buenos Aires, transportando familias enteras que con vianda para día completo prefiguran entre ellos lo que será un reencuentro con su gente, un descubrirse de sombreros en la estación donde arribarán. Y los ramales muertos también existen. Las vías abandonadas, las estaciones tomadas, derrumbadas o resquebrajadas. Puertas tapiadas, carteles que resisten el embiste del tiempo. Desocupados nostálgicos que alguna vez tripularon un tren repleto de pasajeros. Serpenteando a los costados de la ruta 7, en la provincia de Mendoza rumbo a Las cuevas, juegan las vías del estrecho ferrocarril abandonado que atravesaba montañas. Los túneles aún resisten las tormentas de nieve y los rayos del sol en la altura. Quebrada de Humahuaca: a la derecha de la ruta 9, las vías. Se suceden las estaciones, una y otra vez. Tumbaya, Purmamarca, Maimará, Tilcara, Uquía, Humahuaca…en cada pueblo un andén vacío. Quedaron de pie los carteles blancos y negros con idéntica tipografía en cada punto del país. Bien adentro en la quebrada, mezclándose con zampoñas, erques y quenas, transitó una fantasmagórica formación que alguna vez unió fronteras, que hace tiempo llevó a un Ernesto Guevara joven y su asma a los límites con Bolivia. Un tren que hizo equilibrio en el sube-y-baja de la quebrada y la puna, que despertó con su paso ronco a llamas y vicuñas, que arrasó con matorrales ahora crecidos que finalmente le ganaron a los rieles una de las últimas partidas. Los ramales muertos son numerosos. Las cabezas, en el pasado, asomaban por muchas más ventanillas. Las bocinas sonaban en casi todas las provincias. Al tren lo esperaron alguna vez en Las Plumas y en Malargue, en San Juan y en Formosa, en Pocitos y en Socompa, en Santa Rosa y en Quequén. No caben dudas de la magia de viajar en ferrocarril. No caben dudas que el público de este mago particular que parece, a lo lejos o desde arriba, una oruga de metal que avanza sin cavilaciones, lo esperará por siempre entre lágrimas y carteles blancos y negros, sobre andenes que se pierden en el horizonte de la tierra, abandonados. Escribo, entonces, en mi agenda. Nota mental de fin de año: viajar en tren. |
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© Revista Axolotl, Número 17 |