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La vida erótica (situaciones cotidianas de erotismo ciudadano)
De vez en cuando, un cabaret
Todos tienen un amigo que debutó sexualmente en un cabaret. Un amigo, o dos. Esa noche, la primera vez que el grupo —más unido que nunca— se reune y enfila para algún piringundín, el aire se corta con cuchillo. Uno de los jóvenes cae con el dato: una dirección, un barrio, una esquina o una puerta que da a un sótano oscuro iluminado con ténues luces rojas. Llegan en un auto prestado, toman unos tragos antes de entrar, hay que estar animado y desinhibido. El más audaz lanza un par de bromas bajo el cielo de la noche. Están en trance, falta demasiado poco para ingresar, se rien sin ganas, con nerviosismo. ¿Quién entra primero?, se oye música, unos acordes raros, de otra época. Alguno trata de girar el picaporte, en el mismo instante en que la puerta se abre y una madame los hace pasar. A elegir, muchachos, tienen para todos los gustos, es capaz de decirles aquella mujer. Una vez que traspasaron el marco de la puerta de entrada —el primer umbral de la iniciación— cualquier cosa puede suceder. Las posibilidades son infinitas. Tal vez nadie se anime a dar el primer paso, hasta que aparezca la mujer más bella que hayan visto jamás, y todos griten juntos a la vez que quieren entrar primero, abalanzándose hacia adelante y mirándose confundidos entre ellos. Tal vez el grupo entero se arrepienta, y terminen escapando, hilando el ovillo de la noche nuevamente, volviendo cada uno a su estado anterior. Tal vez hayan tomado demasiado, y se duerman, antes de empezar , en el rincón más oscuro del cabaret. O tal vez, para la desgracia de todos, se repita mecánicamente la historia que nos cuenta Abelardo Castillo en La madre de Ernesto, uno de sus cuentos más famosos. Lo cierto es que nadie fuera del grupo sabrá con exactitud lo que ocurrió esa noche iniciática.
La rutina de hacerse el bocho
Es un día nuevo, una mañana soleada. Camino a la oficina, un hombre —un empleado entre tantos— se imagina como transcurrirá la jornada entre los escritorios que miran impasibles el correr del tiempo. Todo está igual que siempre, salvo pequeños detalles. El calor acecha en la ciudad, y las compañeras de trabajo ya están reluciendo piernas y escotes, minifaldas y pequeñas remeritas. La vida en la oficina se transforma, se transgreden las reglas de las miradas y las insinuaciones, se traspasan los umbrales de la cortesía. La seducción reaparece en cada pasillo, detrás de cada puerta. Por esa razón el hombre, viajando hacia su trabajo, prefigura situaciones imaginarias, lances perfectos, saltos al vacío que dará frente a la compañera que más le gusta, aquella mujer de escote generoso, o la chica de piernas bonitas. Al llegar, el día acontece idéntico a los demás. En la realidad la trasgresión no franqueará los límites, no irá más allá de una mirada excesiva, o de una minifalda que deje entrever lo que nunca llegará a suceder. Arribará el atardecer, el final de la jornada, sin más novedades que el tenue movimiento del calendario, tan tenue como la luz roja que emerge desde la puerta abierta de un sótano-cabaret.
Efervescencia pasajera
Nos desplazamos en la ciudad a través de colectivos, trenes y subtes. Todos los viajes urbanos tienen numerosas incógnitas. Con quién compartiremos el asiento es una de las mayores dudas. Nos sentamos solos en el colectivo, último asiento de a dos para darle más suspenso al asunto. Sube una hermosa chica y en los pasos que da desde la puerta delantera hasta que llega al final del ómnibus nos late el corazón. Pensamos piropos, observamos su ropa, su manera de caminar, sus ojos y sus labios. Buscamos en nuestra enciclopedia de amoríos las estrategias adecuadas para establecer una charla amena con ese tipo de mujer. Finalmente, la dama se sienta a nuestro lado, miramos de reojo, disimulando, y lo único que queda a la vista desde nuestro ángulo es su escote. Ese viaje que cada día se nos hace infinito, nos parece demasiado corto esta ocasión como para accionar con sabiduría y delicadeza. Miramos por la ventana para tomar el coraje necesario, y todas las caras que encontramos en veredas y calles parecen impacientarse con nuestra indecisión. Ya lo sabemos, nada va a pasar, la mujer bajará antes que nosotros, el asiento se vaciará y la única que quedará viva es la estela de su perfume. Cuando resoplamos y sacamos los apuntes de la facultad para darle una leída al texto que deberíamos haber estudiado para la semana anterior, esta mujer inalcanzable, la dama inabarcable en todos los sentidos, parece sorprenderse. Luego de descubrir que espía con esmero lo que estamos leyendo, la escuchamos decir exaltada: ¡estudiamos lo mismo! Lo mismo, pero seguro que te llevo un año de carrera. Puedo explicarte cada página de cada texto de cada materia, hasta que la muerte nos separe. —¿Lo mismo?, ¡qué casualidad! Nadie responde. Un hombre deja de mirar por la ventana del otro lado, nos contempla extrañado pensando seguramente en que la locura golpea cada vez más temprano. |
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© Revista Axolotl, Número 16 |