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El gran concilio de la imaginación
El hombre, más que un animal racional, es un animal simbólico. Ernst Cassirer
Sobre la mesa redonda, un mate amargo y dos jarras de chicha y vino esperaban ilesos el comienzo del concilio. El último en llegar ocupó la única silla vacía, estaban presentes todos los convocados. El Pombero, siempre retrasado, colgó su sombrero de alas anchas en el perchero y se sentó bufando. –Mucho trabajo –dijo, meneando con suavidad la cabeza, a manera de excusa–. Siento que cada día que pasa son más los niños que salen a matar pájaros. Durante el encuentro no está permitido silbar, y el Pombero, protector de las aves, cumple con esa regla a rajatabla. La agrupación de mitos y leyendas de Argentina se reúne de vez en cuando para tratar temas que le conciernen, debatiéndolos hasta altas horas. Desde un retrato blanco y negro, el Cufalh, serio y misterioso en aquella foto vieja, contempla el devenir de las reuniones. Desintegrado hace mucho tiempo por un rayo que le enviaron los pájaros del trueno, su recuerdo es parte de una rebelión imaginaria que pulula en las mentes de los integrantes de la organización. El Cufalh es un símbolo de resistencia y resurrección, cientos de veces volvió a la vida luego de ser descuartizado por pobladores del Chaco. Se burlaba de la gente, los comunes según el concilio, y hasta violaba a algunas mujeres. Las partes de su cuerpo, como pedazos de mercurio, se juntaban luego de ser masacrado, y el Cufalh volvía a la vida como si nada hubiese sucedido. –…hasta que un rayo lo partió al medio –murmuró La Umita con nostalgia. Había estado mirando fijo al retrato desde hacía unos minutos. La Umita no ocupaba silla. Se posó sobre la mesa, al ser sólo una cabeza sin cuerpo. Cabecita, significa su nombre en Quechua. Tiene los pelos enmarañados, anda sola por las noches y bien cerquita del suelo. Así se desplaza, casi como el rodar de un fardo ayudado por la mudez del viento. Llora siempre en esas noches, por caminos abandonados, y su palabra deja sin habla al común que la escucha. Tal vez por la ausencia de lugares donde portar un reloj, desde arriba de la mesa pregunta siempre la hora, interrumpiendo los discursos de quien sea. Sabe que no puede quedarse pasada la oscuridad de la noche Con el soplido rojizo de Huayrapuca, tal vez la madre del viento, y enemiga de las tormentas, se dio por comenzado el concilio. Huayrapuca, en esta ocasión, acudió como una mujer muy bella de cabellos negros. Prefirió una única mente, las veces que su atavío fue bicéfalo o tricéfalo se contradijo en opiniones y votos. Vino desde las altas cumbres cordilleranas con un interrogante que al momento de terminar el soplo inicial arrojó a la gran mesa: –¿Por qué nunca viene El Familiar a estas reuniones? –preguntó con cara de duda eterna. –Lo explicamos el día que eras tres cabezas confundidas –le respondió La Solapa–. No recordás nada de aquella reunión. La Solapa, que trabaja sólo durante la tarde temprana, siempre está despierta, sagaz. Su excesiva altura se contrasta con su rostro avejentado y su piel arrugada. Aún de vieja se eleva muchos metros del piso, llevando consigo a los niños que se escapan de la siesta, y los arroja desde las alturas para dejarlos aplastados contra el suelo. –El Familiar es un invento de los dueños de ingenios azucareros –explicó el Ahó-Ahó–. Con esa mentira justificaron las desapariciones de los zafreros conflictivos. Me angustia que todavía figure entre nosotros en los libros de mitología argentina. –No sos el más indicado para hablar del tema, Ahó-Ahó –dijo La Mula Anima, con transparentes deseos de empezar una combativa discusión–. Se comenta por ahí que sos un invento de los jesuitas para mantener quietos a los guaraníes. –Son sospechas infundadas –replicó el Ahó-Ahó. Luego de esas palabras, el Ahó-Ahó dio una excusa poco creíble y se retiró del encuentro. Se levantó de la mesa, caminó hacia la noche, y nunca más volvió a aparecer en un concilio. Caa-Yarí lo siguió con la mirada hasta verlo desaparecer. Nunca le había tenido simpatía a pesar de habitar la misma región. Esta bella mujer de nombre guaraní fue desde un comienzo la encargada de llevar el mate a los concilios. Consigue la yerba sin cargo, ya que crece en sus dominios. Algunos hasta aseguran que ella es la yerba mate misma. Es apasionada y exigente con la fidelidad. Luego de hacer pactos amorosos con los obreros de los yerbatales, los mata si mantienen relaciones afectuosas con otra mujer. Aún hoy, y debido a su complicada reputación, ninguno de los integrantes del concilio se animó a invitarla unos tragos.
La noche continuó su marcha y, como siempre en horas de la madrugada, el concilio se desintegró. Lo que siguió después de la partida del Ahó-Ahó es puro detalle. Las jarras quedaron vacías y se cebaron cuatro o cinco rondas de mate. Los seres imaginarios, que nada tienen que ver con los seres de mentira, se despidieron sin efusividad. Con rapidez, por no decir instantáneamente, retornaron a sus regiones para cumplir con sus labores de leyenda Ese universo, el de la imaginación, está demasiado cerca nuestro como para no verlo, tan a la mano que es inútil ignorarlo. Sin estos seres fantásticos, la historia de las regiones estaría incompleta, a las noches le faltaría oscuridad, a los días le sobraría luz. Hacen falta pocas cosas para dejarse llevar hacia ese mundo de la imaginación. Basta, tal vez, con ubicarse en el tiempo y el lugar exactos para encontrarse con alguno de esos personajes. O basta, tan sólo, con que La Umita hable o El Pombero silbe.
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© Revista Axolotl, Número 12 |