Laberintos

Me divierte considerar a las ciudades como laberintos.

Imaginé, mientras caminaba por sus calles, que Cali era un laberinto, que Quito y Lima también lo eran, y ni hablar de La Paz o de Bogotá. En cada una de ellas me las ingenié para perderme, y en las que no, simulé estar perdido. Pensé en la infinitud de las megalópolis,  en lo difícil que es atravesarlas y llegar a destino.

Para Borges el universo mismo es un laberinto. La Biblioteca de Babel, nos cuenta, es un laberinto infinito de libros y anaqueles duplicado por espejos. Entre líneas, los incrédulos, los hombres, se preguntan ¿cómo es posible duplicar el infinito?

En La muerte y la brújula, en cambio, el laberinto es el mundo, donde todos sus caminos, las opciones de la maraña, conducen a Roma.

Hasta Londres fue para Borges, y para Orwell en su novela 1984, un laberinto roto. París es un laberinto de calles donde, por obra del destino o de Cortázar, Oliveira y La Maga terminarán siempre por encontrarse.

Sabato ubicó el suyo en Buenos Aires. Debajo del asfalto— según Fernando Vidal Olmos — arden los laberintos del infierno. Es otro universo allí abajo, distinto del que describe Borges en La Biblioteca de Babel: es el universo de los ciegos.

Quién conozca Buenos Aires sabe que es fácil perderse en las combinaciones del subterráneo. Se dice que hay gente que no salió nunca más a la superficie. Incluso existe una película que nos prefigura un anillo de Moebius formado por los nuevos recorridos. Una de las formaciones del subte, en la película, entra en ese anillo y se traslada al infinito, paseando a través de los túneles de la ciudad para siempre.

Buenos Aires tiene, también, un barrio completo que es laberíntico. Ya lo menciona Alejandro Dolina en sus Crónicas del Ángel Gris. De Parque Chas es casi imposible salir, el mismo Dolina recomienda, tajantemente, no ir. En ese barrio no existen ni las esquinas, ni las calles rectas. Tal vez nunca llegue el correo, ni las boletas de gas o de luz. Yo nunca me animé a entrar. Transité cientos de veces por la Avenida de Los Incas, mirando hacia Parque Chas en cada esquina, confirmando que el horizonte de ese barrio se termina ahí nomás.

Estas construcciones físicas o mentales de laberintos abren paso a las discusiones de café. ¿Será que vivimos dentro de un laberinto?, ¿ahora mismo estaremos afuera o adentro de alguno, o de todos?

Nuestro propio hogar puede ser un laberinto. Como la casa de Asterión, o del Minotauro, uno de los laberintos más famosos de Borges. Una casa hecha para que los hombres se pierdan, señala el escritor en su libro de seres imaginarios. En esa casa, tal vez la casa del mismo Borges, la cantidad de puertas es infinita. Dice el propio Asterión que las puertas de ese hogar están abiertas para hombres y animales. Que entre el que quiera, desafía. El que se atreva encontrará, dentro de ese laberinto personal, quietud y soledad.

También Kafka conocía de laberintos. ¿Quién conoce un laberinto más perturbador que el que visita Joseph K. en El proceso? El pobre hombre se ve envuelto en una trama absurda, se le lleva a cabo un proceso y nadie sabe el por qué. Joseph K. se pierde frecuentemente en los pasillos del tribunal, un edificio inquietante y confuso, que Orson Welles llevó al cine con los techos bien altos. Ni siquiera por el cielo uno puede escapar de aquellos pasillos.

También el cielo es el límite en el laberinto más perfecto que describió Borges: el desierto. Allí, donde todo está a la vista, donde la sombra y el agua no existen. Allí mismo uno puede perderse, sin paredes ni más techo que el cielo celeste. El desierto, como todo laberinto, es un desafío, similar al que nos propone Asterión al invitarnos a su casa de puertas infinitas.

Los laberintos y el infinito, qué duda cabe, están ahí nomás, en cada paso de nuestra vida, que es casi la única cosa que carece de infinitud. Los únicos finitos somos nosotros. La inmortalidad sería el peor laberinto infinito, peor aún que el desierto, del que alguna vez, al menos un hombre, salió airoso. Los inmortales, si es que existen, se aburren de los laberintos, tienen toda la eternidad para descubrir la salida.

No soy inmortal, aún, pero también me aburro.

Me aburren esos tipos que entran a un laberinto con paredes de ligustrina, en algún parque de diversiones, llevando una tijera de podar escondida en el bolsillo.

Por eso dedico esta nota a los que están perdidos en laberintos. Vivos o muertos, resignados o decidiendo su próximo paso. Alguno, como Teseo, habrá dejado un hilo por el camino para asegurarse el camino de vuelta.

No se la dedico, en cambio, a los otros, a los que me aburren, esos que llevan siempre la tijera afilada. A esos los cito en Parque Chas, una noche brumosa.

Y, naturalmente, jamás los vuelvo a ver.

 

 

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© Revista Axolotl, Número 11