Cierto Bar

En 1983 un terremoto destrozó la joya blanca de Colombia: la ciudad de Popayán. Dos semanas después, entre los escombros de lo que alguna vez había sido, el Sotareño reabría sus puertas. Le faltaba parte del techo, pero la necesidad de sentarse a tomar unos tragos, y de escuchar música de nostalgias, fue más urgente que las otras necesidades.

Dicen que de este bar nadie se va sin pagar, ni el más beodo ni el más juicioso. Cuentan que cierta vez un forastero lo hizo, y un amigo del lugar lo corrió para reclamarle la cuenta. El fugitivo bajó la vista al piso y se señaló los pies. Iba descalzo. Había dejado los zapatos debajo de la mesa para saldar su deuda. Nadie se van sin pagar, y nadie se va sin beber. Si algún visitante le es esquivo al trago, no faltará quién lo invite una copa de aguardiente para celebrar. Difícil será negar la invitación.

Elvio, un poeta-ajedrecista del Cauca, camina entre las mesas susurrando poemas de alfiles y torres, que se mueven más allá de los sesenta y cuatro casilleros. De día es vendedor ambulante, de noche saca a pasear sus estrofas en este bar. Sin causar sorpresa en ninguno de los presentes, minutos después de las poesías entra un hombre que vende corriente. Por unos pocos pesos colombianos, el hombre le entrega al comprador dos varillas de metal, que se toman una con cada mano, y empieza a generar corriente comentando hasta dónde es capaz de soportar el agraciado cliente. Entre cosquilleos y risas, avisará con algún grito cuando no pueda más.

Para ingresar a este bar, símbolo de la bohemia payanesa, que tiene nombre, y son, de bambuco, hay que atravesar una puerta baja de dos batientes, como aquellas de los salones del lejano oeste. Pero aquí nadie patea la puerta para entrar. Aquí apoyan con suavidad la cadera y empujan lentamente. Una vez adentro saludan a Agustín, el dueño del lugar, un romántico que apoya un codo en la barra, y a su vez descansa la cabeza en su mano, mirando al frente, justo hacia la pared donde cuelga uno de los tantos retratos de Gardel, abrazado a las rubias de Nueva York, que hay en el lugar.

Agustín, nacido en Pereira, tierra paisa, sueña, mientras pone un tango, con conocer el barrio del Abasto en Buenos Aires, con toparse con alguna de esas milongas porteñas de las que tanto le hablan. Agustín tiene una extensa colección tanguera. Con sólo acercarse a la barra y susurrar el nombre de un tango, él lo busca en su ordenada estantería de vinilos, y de un momento a otro la melodía ansiada empieza a escucharse.

La noche sigue, y suena esta vez un vallenato del norte. Maria Luisa, la mesera, pregunta que desean beber los recién llegados, e invita a los presentes a bailar en la mini discoteca. Presiona un botón y las luces de la pequeña pista se despiertan, iluminan de rojos y azules el espacio, mientras da la décima vuelta la bola de espejos que cuelga del centro. Con la discoteca activada, un hombre de sombrero a dos alas se anima a pedir una salsa. Empieza a bailar, junto a la que dice ser su novia, y contagia al resto que apuran un último trago en su mesa para invitar a alguna de las pocas chicas que visitan el bar esta noche. El hombre de sombrero contará después que es profesor en la universidad pública de la ciudad, y que nunca deja de visitar El Sotareño cuando cae el sol.

El sol ya cayó y la luna tan en lo alto avisa que es hora de cerrar. ¿Qué será de la vida de todos estos personajes fuera del bar? Nunca nadie vió al vendedor de corriente por las calles de Popayán. Agustín, el dueño, dice que vive a tan sólo tres cuadras del Sotareño, pero ninguno de los clientes fue capaz de seguirlo para comprobar la verdad. El poeta ajedrecista parece perderse de día entre negras y blancas, nunca sabe que peón mover primero. El profesor dará parte de enfermo al día siguiente y Maria Luisa será la última en irse del bar. Ciertas lenguas rumorean que ella vive en un sótano por el que se accede detrás de la barra, bajo el anaquel de los rones importados.

Una jornada como todas las jornadas llega a su fin. La vuelta al hogar, de noche o de madrugada, es un desafío que muchos enfrentan cuando cierra el bar. Los demás clientes que se encuentran de golpe con las calles vacías y frías de la ciudad, se convierten en peregrinos del asfalto y las veredas. Ellos tal vez canten, silben, griten o silencien en su desordenado andar, en su regreso tan poco anhelado. Con suerte encontrarán la puerta de su casa, tan distinta a la última puerta que atravesaron. Una vez dentro del hogar nadie los saludará, y la música será el silencio atronador de sus pasos por las habitaciones.

Gardel, mientras tanto, aguardará tranquilo el próximo anochecer, cuando la cortina del local se abra y la luz le dé de lleno. Seguirá sonriendo para los parroquianos, invitándolos, al menos por un rato, al tan lejano Abasto.

 

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© Revista Axolotl, Número 10