Había una vez una isla

Es sábado.

La lancha se adentra en el canal que parte al medio la isla de Jambelí, al sur de Ecuador. Hay bajante esta mañana, y el agua dejó al descubierto las raíces de los mangles que se encuentran a los dos costados del brazo navegable. Forman una maraña impenetrable, una barrera natural que separa al mar de la tierra. Cerca de las raíces, sobre el suelo, depositan sus huevos los peces y los moluscos de la zona. Los pájaros, que anidan en las copas, aprovechan la marea baja para picotear en el lodazal, y buscar entre los huevos los alimentos para sus crías.

Por el centro de ese espectáculo avanza la pequeña embarcación, repleta de gente. Hoy comienza el carnaval y la invasión hacia la isla es masiva. Los pobladores de Jambelí se preparan para recibirlos, de la calma y el silencio se pasará a otro estado, a otro ritmo.

Por el malecón peatonal de la isla, Andrés camina con lentitud. Todavía está sobrio, y ya es mediodía. Tiene que trabajar toda la tarde en un restaurante de la zona. Tratará de aclararle, a cada persona que lo salude, que él es Andrés, no Andresito, el apodo que se ganó después de tanto tiempo vivido en Jambelí. Cuando le preguntan por la otra mitad de su oreja se hace el distraído, pero se sabe que quedó en la selva, tal vez por un ajuste de cuentas. Abundan la personas como Andrés en la isla. Existe un torrente de  historias ocultas que se sospechan, corren entre las voces de los vecinos. En Jambelí hay boxeadores, convictos y exiliados. Entre ellos formaron una comunidad, en el medio de avejentadas construcciones y de rejas caídas que las separan.

 

Es domingo.

Y es el segundo día del carnaval.

La brisa es tan leve que no es capaz de mover ni una sola hoja de palmera. El calor aplasta a la tarde, y es una buena excusa para seguir tomando cerveza. La arena de la playa es eclipsada por una multitud que anda de festejo. El alcohol corre en Jambelí como en ningún otro fin de semana del año. El volumen de la música aturde en cada rincón, la salsa y otros ritmos actuales golpean los oídos de todos los visitantes, cada dos metros un enorme parlante se encarga de recordar que es tiempo de fiesta.

Tiempo de fiesta y de venganza.

Tal vez es un pandillero, de esos que llegan desde las ciudades del sur.  El hombre sale de la discoteca, siempre abierta en estas épocas. Camina hacia una de las mesas que se encuentra bajo la sombra de los parasoles. Mira fijo a uno de los tipos que allí beben y le dispara un tiro en el pecho. El herido, goteando sangre, se arrastra por el piso hasta caer debajo de una hamaca paraguaya en la que duerme, envuelto en sábanas blancas, un niño de tres años, hijo de alguna de las vecinas de la zona. El asesino apunta y dispara dos nuevas balas que matan al moribundo. Las balas rozaron al niño que se despertó entre sollozos.

El hombre guardó el arma y se llevó la cerveza del muerto. Entre el histérico griterío se aleja por la playa, atravesando la multitud y tomando de la botella.

Se perdió a lo lejos, en el medio del carnaval.

 

Es miércoles.

El día es, de igual manera, una isla en el medio de la semana.

Dos hombres se miran fijo. Sobre la mesa están pintados los sesenta y cuatro casilleros del juego de damas. Las fichas, chapitas de cerveza al derecho pertenecientes a uno de los jugadores y chapitas de cerveza al revés pertenecientes al otro, se encuentran ya desparramadas por todo el tablero. La partida está avanzada, casi tanto como el mar un mes atrás, cuando se subió a la isla, en uno de los aguajes más peligrosos de los últimos tiempos, sobrepasando el malecón peatonal hasta llegar a las casas. En cierta movida magistral, una de las chapitas al derecho come a dos de las otras. Y eso, tal vez, sea lo único que se mueva en toda la tarde, desolada y silenciosa en la isla.

Cae el sol, a la izquierda del mar, y los mosquitos se tornan impacientes. Caminando entre las casas de diseños inquietantes, algunas destruidas del todo, otras sólo a medias, se presiente la soledad del isleño durante la semana, soledad que crece al saberse alejado del continente por cuarenta minutos de lancha colectiva.

Andresito duerme, luego de cuatro días de alcohol y festejo continuo.

El jugador de las chapitas al revés piensa como responder a la magistral jugada.

Y tal vez piense, también, que por suerte falta mucho para el próximo carnaval.

 

martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

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© Revista Axolotl, Número 9