Macocos' Blues
Érase un 1 de enero de 2008. La tierra de la risa despertó al espanto, le hizo una mueca como para salir a jugar y se encontraron raros, entre el desapego por la tristeza y el dolor de que se fuera un amigo entrañable de las tablas.
Javier Rama se fue para dirigir teatro en otra parte. Algunos dicen que anda con un circo de nubes rebeldes que no quisieron ser más parte del cielo y decidieron formar su propia compañía. Otros afirman que ahondó en los conceptos literarios de la muerte tanto como para irse con ella, para descubrir que parte del humor le tocaba en suerte.
Sí, todo es posible, porque en su vida, este hombre de 45 años, se atrevió sobre todas las cosas, a hacer lo que siempre tuvo ganas de hacer. Y lo hizo muy bien. Hay centenares, miles de personas para certificarlo. Familia elegida, espectadores, colegas, chicos y grandes, todos, absolutamente todos, darían fe de su talento, porque construir la risa desde el pensamiento nunca fue tarea fácil.
Sin embargo, “Los Macocos” siempre lo hicieron parecer sencillo, como si hacer una obra donde el estómago estalle de felicidad con uno fuera, contrariamente a la dificultad que representa, una receta rápida y simple de conseguir.
Hace 22 años comenzó todo para este grupo que se hace llamar “banda teatral”. Las razones están a la vista para cualquier tipo de público. En escena, los instrumentos son sus cuerpos y sus voces, las miradas y la “música” que generan se parece bastante a una carcajada compartida.
Nunca les
pagaron derechos por su uso en reuniones sociales y diversos eventos, se ve que
alguien la había inventado antes. Pero sin duda, esta agrupación la transformó
en una sinfonía mucho más larga y genial con cada espectáculo.
La gestación tiene lugar en la Escuela Nacional de Arte Dramático de Buenos Aires. Martín Salazar y Daniel Casablanca eran compañeros de colegio y tenían ya el nombre elegido con su primera puesta, “¡Macocos!”. Por otra parte, Marcelo Xicarts y Gabriel Wolf tenían su proyecto; pero al conocerse ambas duplas, se fusionaron.
Lejos de la historia de cualquier agrupación artística, no tienen una biografía de integrantes que cambian todo el tiempo. Aquí hay algo sólido, compacto y en constante crecimiento que avanzó cual tsunami sobre las ideas acerca del humor como eje de una realidad social. Y que pudo dar lugar a la reflexión y la conciencia dejando, además, el maxilar dolorido de tanto agitarlo por la risa.
Javier Rama llega a los 6 años de su formación. No se incorpora a la escena, sino que toma la posta de dirigirlos, escribir junto a ellos, ser el hombre orquesta de “Los Macocos”. Su incorporación le suma acidez, consistencia dramatúrgica y acompaña una evolución que no tendría límite.
Nace el 5 de mayo de 1962. Probablemente haya comido papilla como todos los bebés, haya dado sus primeros pasitos cual borrachito andante entre apoyos varios, haya ido al colegio a hacer travesuras diversas más que a estudiar y seguramente, haya tenido puesta la pasión en varias cosas a la vez. Sin embargo, de lo único que podemos dar fe es que en 1988 egresa de la Escuela Nacional de Arte Dramático para unirse al mundo del arte, con un camino de trabajo, esfuerzo y suprema inteligencia por delante.
Hizo algunos trabajos fuera de la banda teatral. Todos ellos lo hicieron. Porque su lema es "Amigos, socios y hermanos", y el secreto para tantos años de actividad conjunta, dicen, se debe al respeto y la admiración que se tienen. Por ello, si bien sus principales creaciones son “macocales” supieron dejarse libres para hacer otras cosas en el medio, libertad que seguramente los hacía elegirse un poquito más, todos los días. Así, Javier participó de puestas en el Teatro General San Martín y dirigió varios proyectos teatrales.
Pero la fortaleza está en la unión y en la lealtad. Y en el amor, aunque suene cursi y acartonado. Porque “Los Macocos” saben siempre reflejar esa devoción por las tablas, que no podría ser de otra manera, si no se quisieran tanto como se quieren. Hasta tienen una definición de lo que significa ser Macoco: “Dícese del integrante masculino de una banda de teatro, con una ética y una estética para trabajar, basadas en el humor".
Quizás en algunos de todos estos aspectos se esconda la llave para entender tanta trayectoria. Hasta 1998, los espectáculos tienen un concepto más callejero, porque esa era la ley que los hacía funcionar. El teatro popular, a la gorra, en espacios pequeños o públicos, para toda la gente, sin restricción.
Cuando llegan al teatro oficial, el San Martín sobre calle Corrientes, se gesta una montaña rusa imparable de éxitos que los llevará a viajar por diversos países, recibir decenas de premios internacionales, editar libros con sus obras y dejar, en algunas oportunidades, más de cien espectadores por función afuera de la sala.
Los responsables de
esta osadía probablemente sean: “La Fabulosa Historia de los Inolvidables Marrapodi”, “Androcles y el León”, “Los Albornoz, Delicias de una Familia
Argentina”, “La Fábula de la Princesa Turandot”, “Continente Viril” y
“Super Crisol”. Nombres conocidos para los fanáticos, muchos de los cuales
han visto repetidamente a través de los años, estos shows que suelen reponerse,
de verdad, a pedido del público. Es más, resulta raro que un espectador quien ya
los haya descubierto, no haya visto más de una vez una de sus obras, utilizando
como excusa a un nuevo amigo, pareja o grupo para mostrarle lo que se había
estado perdiendo.
Algunos de los temas que tratan son duros. Son fuertes. Son tremendos. La risa es salud, es cierto, cuando se provoca con agujas tan punzantes como estas. La decadencia de la clase media en los 90’, los militares, la inmigración, el fracaso suenan todos como palabras inabarcables desde el humor. Sin embargo, ellos lo logran y uno sale del teatro como si le hubieran hecho un favor.
Agradece. Está feliz. No reniega ni tiene dolor de cabeza. Se abraza con quien vino. No lo puede creer. Por momentos, uno tiene que preguntarle al de al lado, qué dijeron porque la risa no dejó escuchar. Pero nadie se queja de eso.
Se tientan. Suspenden el tiempo en escena para dejar sonar la carcajada como eco. Improvisan. Juegan. Charlan con la audiencia. Cantan. Entran y salen como por su casa, casi como si estuviera uno en el living de un “picadito teatral” que organizaron hace apenas media hora. Y nace la pregunta, el interrogante para entender cómo hace años que pueden hacer quizás, el mismo texto, y que suene tan fresco, actual y disfrutable.
Tan amigos como profesionales. Talentosos en los ensayos. Disciplina. Continuidad y respeto de la gente que los sigue hace tanto tiempo y de los nuevos espectadores que consiguen temporada tras temporada. Porque si bien “Los Macocos” dejaron de ser hace rato un grupo del under para pasar a ser de las ligas mayores, no se olvidaron de dónde vinieron. Dentro de sus giras, nunca faltan los precios populares y espacios al aire libre.
Será por eso que no es casualidad que su reencuentro con el público después de la partida de Javier, sea en una plaza. El 24 de febrero en Morón, provincia de Buenos Aires, cuando el reloj marque las 19.00 en el marco del ciclo “Morón a Cielo Abierto”, esta banda teatral llamada “Los Macocos” representará una vez más “La Fabulosa Historia de los Inolvidables Marrapodi”.
Y regalarán esperanza, como siempre. Habrá humor. Habrá sonrisas. Habrá alegría por doquier, porque si algo aprendimos es que para sobrevivir hay que hacerlo riéndose de uno mismo y de su realidad. Pocas veces se logra. Y ese quizás sea el éxito asegurado que reservan para que todo tipo de audiencia los celebre, recuerde, admire y persiga por donde quiera que vayan.
Esa tarde, Javier Rama no estará ausente. Tal como supieron bautizar uno de sus festivales, “La Risa en la Boca”, de cada uno de los presentes será el alma de un Macoco que se va a extrañar.
Hasta pronto, Javi.
© Emilce Schedel