Puig y la tajada teatral

General Villegas es un pueblo que, contrariamente a lo que muchos piensan, está localizado en provincia de Buenos Aires y no en La Pampa. Ese mismo criterio se puede aplicar a Puig, no sólo por su lugar de nacimiento sino por los espacios vacíos que aún transitan su esfera. 

Sus tres primeras obras, dos inéditas, fueron teatrales y no tenían nada que ver con "La traición de Rita Hayworth". Su primer nombre era Juan, pero dejó de usarlo en 1965, justamente en el año en que ésta, su primera novela fuera finalista del premio Seix Barral y aún así, no fuera publicada por temas de editorial.

Sobre "Coco", como lo apodaban sus padres desde pequeño, hay cosas que creemos saber y sabemos poco. O ni siquiera sabemos.

Nacido en 1932 en el "Coronel Vallejos", nombre con el que supo disfrazar su lugar de origen en "Boquitas Pintadas", Manuel Puig fue, ante todas las cosas, un hombre que supo escribir a sus personajes "escuchando su voz" según sus propias palabras. 

Al momento del papel en blanco y la adrenalina, tensión y angustia que le generaba la página ausente de relato, Puig sorteaba durante un par de horas, inmutables y verdes historias por contar pero que no tenían un entramado lógico, una coherencia legítima para sus expectativas, un diagrama mágico donde estimular la literatura.

Pero de repente, el sonido de la caída de un alfiler en la cerámica. Así podríamos definir la brecha que atraviesa el autor de "El beso de la mujer araña" —una de las únicas obras argentinas que fue novela, teatro y cine a la vez— cuando aparecen las voces.

Todo un mundo de tías en el comedor de casa hablando de los otros, los propios y "sus banalidades" como dijera en una entrevista para la Audioteca de Buenos Aires; de "Male", su madre y figura determinante para que eligiera transitar el arte en la vida, comentando una película de Norma Shearer en la merienda. Todos esos ecos: del pueblo, de familia de mujeres, de destinos alternativos, de padre casi ausente. Así es el universo de Puig, un simple portavoz narrante de los protagonistas que supo crear.

Por eso podemos decir sin tapujos que Manuel Puig es, primero y antes que nada, un dramaturgo nato. Quizás, el olor de la butaca 15 en el Teatro Colonial de General Villegas, bien al centro, donde pasaba cada día desde los cuatro años mirando cine de los 50' junto a su madre, se le quedó impregnado en el cuerpo para siempre. Quizás, el anhelo de ser una diva de Hollywood desde pequeño y entender que esas funciones cinematográficas eran la realidad y no aquello que acontecía en Villegas, despacio, lento y casi sin sorpresas por develar, también tuvo que ver con su crecimiento lingüístico.

Pero sobre todas las cosas, "Coco" entendía el lenguaje y las palabras como propiedad exclusiva de un ser. Y en ese pensamiento, entonces, lo universal se particulariza tanto que alcanza un séquito de oralidades infinitas que Puig sabe componer en seres humanos como pocos lo hacen.

Porque primero hablan invisibles, dialogan los estados y es allí donde la obra se genera.

“Triste golondrina macho" la escribe en italiano (“uno de los idiomas del cine junto al inglés y el francés” —dirá repetidamente) y habla del deseo, de las frustraciones y se mete de lleno en la fantasía y los cuentos de hadas, algo antes inexplorado para él. "Amor del bueno" y "Muy señor mío" son relatos de su intrincada pero buscada relación con México. Las tres obras fueron concebidas como matriz de un espectáculo, incluso las dos últimas hasta tuvieron fecha de estreno postergado en afiches del país azteca.  Podría haber pasado lo mismo con "Recuerdos de Tijuana" y "La cara del villano" pero no fue así, ya que se trataba quizás, de un tratamiento muy particular de un mundo al que pocos podían asomarse, sobre todo en aquella época.

"El misterio del ramo de rosas", escrita en 1987, y "Bajo un manto de estrellas". Publicadas hace menos de diez años en el país, narran la construcción de dos parejas fantásticas, dos miradas perplejas de  vivencias que seguramente Manuel observó ó escuchó en algún momento de su vida.

En la primera, y con nombres ausentes, se impone lo irreal como posible en tono de comedia negra. En la segunda, la identidad es buscada desesperadamente en un conflicto de dos mujeres que no se tienen piedad para amarse y odiarse a la vez.

"Gardel, uma lembranÇa" data de su última etapa y narra los desencuentros y reconciliaciones de un amor en Paris ambientado en 1914. Un verdadero melodrama que representaría el desafío de interpretación de los más grandes actores, por su nivel de diálogo y escena narrada. "La tajada", el primer boceto "no experimental" según declararan dos de las investigadoras mas prestigiosas del universo de Puig, Graciela Goldchluk y Julia Romero. Nélida Cuenca, una mujer que nos trae reminiscencias de Eva Perón por las circunstancias que atraviesa, es una actriz en ascenso entre 1944 y 1950. Esta será la primer obra del autor de "Pubis angelical" antes siquiera de que "La traición de Rita Hayworth" se gestara en su mente.

Algunas, interpretadas en Argentina, Río de Janeiro, Roma y Los Ángeles. Otras, novelas adaptadas para tal fin. La cuestión es que éstas páginas merecen justicia en sus representaciones y que directores, dramaturgos e intérpretes las lleven a escena, porque en sus entramados hay miles de secretos por redescubrir del hombre que se llamaba a si mismo como "una mujer de carrera".

Cuando "Male" murió, a los noventa y nueve años en el dos mil seis, en su casa quedaron más de cuatro mil películas. Muchas de ellas las había visto junto a su pequeño Manuel, y cada una habrá ido destinándolo a lo que fue y a lo que hoy todavía es.

Puig quería morir a los cincuenta y ocho pero el tiempo también fue implacable para él: falleció a los cincuenta y siete. Su madre trajo las cenizas desde Cuernavaca, México, y las dejó reposando junto al lugar donde escribió cada letra de "Boquitas Pintadas". Con la muerte del amor de su vida y musa inspiradora, las cenizas de ambos y por expreso deseo de él, ahora se entremezclan, traviesas,  en el Cementerio de La Plata.

Muchos comentan que allí, por las noches, se escuchan risas y lágrimas. Que el sonido del proyector se despierta con la luz de las lunas presentes y ausentes, y en la pantalla, el mundo real que él admitía es por fin, una afirmación sin viajes por el mundo, contradicciones a cuestas o intentos de buscar un lugar que ya había encontrado hace tiempo. Male y Puig, recostados sobre una lápida demostrándole al mundo que todo es como debe ser y que en los diálogos está el nacimiento de lo que somos antes de que siquiera, lo podamos comenzar a pensar. 

© Emilce Schedel

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© Revista Axolotl, Número 19