Censo de librerías de viejo

 

En un tiempo del que ya no quiere acordarse, un cazador de libros de los de brújula en mano y chaleco de quinientos bolsillos dibujó un itinerario de librerías de viejo para escapar de los lánguidos mediodías de oficina. Esas horas inciertas tan parecidas a los relojes blandos de Dalí. A la librería Edipo le seguían Club Dumas y La Cátedra, Dickens, Lucas y Sudeste Libros. Cada jornada era el resultado de planificación y audacia, del descaro de robarle minutos preciados a la rutina gris de siempre que cotiza al son del dólar y del euro. Sus horas de cacería por las librerías de viejo de la calle Corrientes se distribuían en partes iguales, con la precisión neutral del matemático, como esos padres cariñosos que saben que lo más sensato es repartir su amor sin privilegios.

Pero pasan los años y un día ya no se siente cómodo con ese mapa riguroso que rige sus pasos. Han pasado los años y el agua bajo el puente se ha enturbiado, y el puente ha perdido su pintura, y ya no es seguro cruzar al trote de un lado a otro.

Sus aventuras comienzan a espaciarse cada vez más. En lugar de salir al recreo a jugar, prefiere ocupar sus almuerzos con los vicios del oficinista modelo. Antes, todos los mediodías eran de visita a las librerías de Corrientes, ahora tiene suerte si lo hace una o dos veces por mes.

Intenta engañarse, mentirse cínicamente a la cara: este coleccionista devoto quiere convencerse de que no todos los días pueden ser de liturgia y que prefigurar una aventura es tan poderoso como vivirla.

Por fin entiende qué lo ha cansado: ha cambiado una rutina por otra. Hasta los hábitos más placenteros deben abandonarse algún día... o se vivirá lo suficiente para verlos convertidos en otra rutina monocorde.

Se calza una vez más su sombrero de Indiana Jones, que aún desentona entre corbatas sobrias y trajes de invierno en enero, y cruza los dedos. “Hoy debe ser diferente”, se dice, y tiene el tono burgués de aquellos que sin notarlo han cambiado la cantimplora por una copita de jerez, el látigo por el control remoto de la tele. Sabe que debe aprovechar esta oportunidad. “¿Cuándo? ¿Cuándo tocará de nuevo escapar del día a día y salir a buscar libros viejos con olor a canela?”, se pregunta escéptico al llegar a la calle Corrientes, como ese hombre que sueña con Islandia sin notar que ya está en Islandia.

Entonces, la certeza, el chantaje: esta vez no debe volver con las manos vacías, debe encontrar algún buen libro usado que encienda su deseo. El fracaso abriría la puerta a un cortejo que teme y que ya lo acecha tras la esquina: las falsas promesas de los bestsellers de turno, con sus tapas multicolores, con su filosofía new age.

Como medicina para el fracaso, amplía la ruta, la extiende más allá de las fronteras de lo posible. Cree que su posibilidad de éxito mejora con un censo de librerías. Romano, esa librería de la calle Junín que asegura que Sarmiento sigue siendo presidente; los prolijos anaqueles de madera de Diente de Piedra, a la vuelta de la Facultad de Ciencias Económicas; ese local sin nombre sobre Rodríguez Peña, a escasos metros de la avenida, ese que vende por igual discos de vinilo, compactos y libros viejos.  Su recorrido se ramifica, crece como crecen las enredaderas que acechan una vieja casona, vieja como la casa Usher o como el Castillo de Otranto.

Y ese recorrido apócrifo lo conduce a mundos nuevos.  

Todavía no lo sabe, pero hoy han cambiado las reglas de la búsqueda de tesoros por las librerías de viejo de Buenos Aires: no todas las librerías de la calle Corrientes quedan en la calle Corrientes.

 

© Miguel Sardegna

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