Es bien sabido: el cazador de libros es un comprador compulsivo, compra más —mucho más— de lo que alguna vez podrá leer. Eso sí: todos sus libros merecerían ser leídos, no hay lugar en su biblioteca para falsarias piezas de decoración. Sus anaqueles son una procesión de incunables que exhibe con orgullo, cada libro es una historia de cacería y descubrimiento, de hallazgo entre polvo y saldos inútiles. Este cazador es un comprador compulsivo, pero no uno más, igual a tantos otros que frecuentan ferias de barrio y puestos de estación.
Muy diferente al diagnóstico de consultorio, su compulsión es selectiva, sabe que no cualquier libro de tapas ajadas y hojas amarillas es una invitación. En ocasiones, debe revisar largas horas hasta elegir su trofeo. Muchas veces ha vuelto a casa con las manos vacías... y nunca, nunca lamentaba una aventura infructuosa: parte del placer era esa búsqueda insensata, ese fracaso repetido que no conseguía desalentarlo.
Pero los otoños y las mañanas de Tribunales, parecen haber cambiado silenciosamente su carácter: se resiste cada vez más a la soledad. Prefiere volver acompañado, aunque sea llevando del brazo una edición cualquiera, una de esas que por unos pocos billetes se le ofrecen en la calle.
Se trata de una necesidad nacida a la sombra de frustraciones y desencantos.
Aún lamenta algunas páginas que ha dejado atrás, como la edición pocket de Mishima o el placer de morir, de Vallejo-Nágera, descubierta en la librería Plus Ultra de Callao al 600. Una rápida mirada le bastó para desecharla por indigna. Pocos días después, cuando el desdén devino en frenesí, ya no había rastros de ese libro ni del local mismo. Todo se había esfumado.
Hoy lee y relee a Vallejo-Nágera de hojas A4, sabe que le debe gratitud a esos instantes sagrados en que la oficina ha dejado atrás la agitación y el bullicio de la jornada y, por fin, los insumos pueden destinarse a empresas épicas.
También recuerda Confesiones de una máscara editado por Seix Barral en su serie “Literatura Contemporánea”. Una presentación austera, tapas blancas y una linda fantasía: la reproducción de la firma manuscrita del autor de turno en dorado. ¿Cómo es posible que no haya ido a parar derechito a su propia biblioteca?
Debieron pasar años para que pudiera espiar las confesiones de Mishima. Claro: pagando diez veces su valor de saldo, ahora en una refulgente edición de tapas rosadas que parecen brillar por la noche.
Ese cazador ha comprendido que elegir es un juego peligroso y ya no quiere repetir errores del pasado. Prefiere equivocarse por acción y no por omisión.
Más que la suma de sus venturas y logros, un hombre es el producto de sus frustraciones. Así, en el vano intento de saldar cuentas viejas, acaso intentando restablecer un equilibrio imposible, quebranta sus propias reglas: compra libros que sabe que nunca podrá leer sin importar cuánto lo desee, libros desprolijos, de formatos incómodos. Libros que no son hospitalarios, como en el caso de aquel volumen de Tanizaki, del exquisito Junichiro Tanizaki.
El papel no es muy bueno; el guillotinado, feo, torcido.
Es la historia de Terukatsu, el samurai más cruel de su tiempo. Hay cierta angustia, una fina melancolía en el semblante del feroz guerrero, algo inadecuado, algo fuera de lugar en un tigre rugiente. Pronto se nos dice que Terukatsu —rebautizado Señor de Musashi— es prisionero de una pasión obsesiva. Y hay depravación, fantasías sombrías, un placer vergonzoso, excitación, sueños ambrosíacos.
Los márgenes internos y externos están mal balanceados. La lectura es incómoda.
De niño, antes de asistir a su primera batalla, cuando la sangre del enemigo aún no le salpica la cara, unas damas le permiten presenciar una labor sombría: etiquetan las cabezas enemigas tomadas en batalla, les limpian la sangre, les retocan la tintura de los dientes, les aplican algún cosmético ligero. Su función no es otra que reproducir los rasgos y el colorido de las cabezas vivientes antes de presentárselas al comandante para que las inspeccione.
Pero Terukatsu descubre que siente atracción por esas cabezas cortadas… por todas las cabezas cortadas de sus enemigos, especialmente aquellas a las que les han cercenado la nariz. Las cabezas mutiladas le evocan la gloria del campo de batalla.
El margen interno es muy pequeño, peligrosamente cercano al lomo. Sabemos que no es conveniente abrir nuestro libro hasta los peligrosos 90°, pero el entusiasmo nos vuelve audaces, y realizamos ese movimiento en falso.
Cada vez más, la historia del señor de Musashi se nos hace pesada, inexplicablemente tediosa. ¿Cómo una perversión así —cómo la prosa de Tanizaki— puede asemejarse a una larga caminata en ojotas por la arena?
Basta un solo error: las páginas, torpemente pegadas, ya han comenzado a desprenderse y desordenarse. ¿Cómo seguir leyendo?
Recientemente Ediciones Siruela se ha despachado con un aviso resonante: publicará varias novelas de Junichiro Tanizaki. Muy poco es que lo que nos han permitido leer de Tanizaki en castellano: sabemos de algunos títulos inhallables, como Las hermanas Makioka, editado hace siglos, sabemos de otros títulos que directamente nunca fueron traducidos.
El plan de publicación prometido, y que hasta aquí han cumplido rigurosamente, consigna: La madre del capitán Shigemoto (marzo 2008), El cortador de cañas (septiembre 2008), Siete cuentos japoneses (febrero 2009), Diario de un viejo loco (septiembre 2009), Arenas movedizas (febrero 2010), Las hermanas Makioka (septiembre 2010).
Persigo hace tanto —créanme: una eternidad— a Las hermanas Makioka, que septiembre de 2010 no me parece tan lejano.
Pero, más allá de la alegría por poder leer a Tanizaki, me es imposible no pensar en todas aquellas obras japonesas “imprescindibles” que nunca han visitado nuestro idioma. Aquellas novelas que necesitamos leer y no nos lo permiten. ¿Cómo no sentir desazón? ¡Alguien debería tomar medidas con urgencia! ¿Cuántas fragancias, cuántos perfumes y alusiones nos aguardan? ¿Cuántas lejanas páginas de un tiempo dorado, pensadas en otro rincón del mundo, han sido escritas para nosotros? ¡Cuánta, cuánta literatura japonesa clásica inédita en castellano!
Repaso una vez más el plan de Siruela: no hay noticias de La historia secreta del señor de Musashi, aquella historia que nunca acabé de leer.
Al fin de cuentas, no fue una adquisición insensata: aún hoy ese ejemplar ajado de Tanizaki bien podría cotizar en bolsa. Desde acá distingo el lomo, al alcance de la mano en el anaquel japonés, entre Kawabata y Akutagawa. Debo resistirme cada vez: a pesar de estas ganas urgentes de completar la historia del guerrero, sé que mi paciencia cederá rápido con algunos minutos de incómoda lectura. Es el destino cruel del buen cazador de libros: no tengo más alternativa que convivir con mi desamparo.
© Miguel Sardegna
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