Caligrafías del pasado

 

Hay un momento crucial que nos para ante nuestros propios fantasmas, un momento que todo cazador de tesoros está llamado a enfrentar, del mismo modo que un niño debe enfrentar, por fin, al monstruo que habita en su armario.

Hemos dado con un libro largamente perseguido. De pronto, un día más de tantos, revisando pilas confusas de volúmenes agrupados con criterios incomprensibles, descubrimos aquel libro soñado.

Lo abrimos al azar y acercamos nuestra nariz. ¿Hay algo más delicioso, más evocador, que el olor de los libros viejos? Esa mezcla de canela, años y tinta. Es una edición que nunca antes hemos visto, de un tiempo anterior al tiempo.

Vamos a las primeras páginas, en busca de la fecha de edición… y entonces la herejía: una vistosa dedicatoria mancha una página completa. El delito es el mismo que el de aquel adolescente que marca con su navaja el pupitre del colegio.

En una ocasión tropecé con un ejemplar dedicado de Los amores de Laurita. La firma, clara y cristalina, era de la propia autora. No recuerdo ahora las palabras precisas. Acaso sólo había un cariñoso “Annie” y nada más. No me llevé ese libro, esa batalla la ganó mi demonio de la vanidad, esperando egoísta ser el único destinatario de las dedicatorias de los libros de mi biblioteca.

Esta semana renuncié a varias obras de teatro de O´Neill –El gran dios Brown, Extraño interludio y A Electra le sienta el Luto–, elegidas por Borges para su Biblioteca Personal; el volumen 19 ó 17, ya no estoy seguro. Esa maldita dedicatoria –y un berretín absurdo de coleccionista de feria– hizo que me fuera con las manos vacías.

Acaricio en secreto la ilusión de completar esa colección de 64 tomos, editada hace un poco más de veinte años por Hyspamérica. En realidad, no tan en secreto: recuerdo que un día se lo confesé a un librero, le conté que ya tengo treinta y dos de esos tomitos. El caso es que aún sigo buscando otro ejemplar de aquel O´Neill.

Pero estas líneas fueron sugeridas no por una dedicatoria de ocasión sino por otro hallazgo mucho más comprometedor: una carta. Escondida entre las páginas de uno de los tres tomos de Los miserables encontré una carta de esas que responden a un rito abolido, ancestral: una carta escrita de puño y letra, despachada por correo. En su esquina superior derecha, su reglamentaria estampilla exhibía a un José de San Martín de tonalidad verde, con su cara apenas reconocible detrás del sello indolente estampado por el empleado del correo.

Aquellos tomos eran demasiado caros. No había caso, tuve que renunciar a ellos rápidamente. ¿Pero quién era el legítimo dueño de aquella carta? El regreso a casa fue un suplicio de dudas y reproches por el tesoro que había dejado atrás. Esa carta había sido conservada por alguna razón especial. Era indudable que había tenido un valor sentimental para su destinataria. Imaginé una dama de una belleza impar, dueña de una biblioteca fastuosa, rematada ahora por unos diabólicos sobrinos que aprovechaban para transformar en dinero los bienes de su tía fallecida. ¿Quién, quién era el dueño de aquella pieza que contenía tantos secretos? ¿El librero, que compra libros por peso y que no debe haber corrido las páginas de aquellos volúmenes aunque más no sea para verificar su estado de conservación? No costó mucho entender que había renunciado a un tesoro merecido. Como bien sabe la gente de mar, los tesoros son siempre propiedad de su descubridor.

Regresé al día siguiente y corregí mi error. Tuve suerte, pocas veces tenemos segundas oportunidades.

 

 

Ya en casa, descubrí que la caligrafía era preciosa, plagada de firuletes y arabescos que no entorpecían la lectura sino que la hacían más placentera, cercana a la contemplación amorosa que había prefigurado. La fecha, el 3 de septiembre de 1931.

1931.

Y no me había equivocado con su valor: algunos nombres y una dirección precisa, en el barrio de Banfield, aún me recuerdan que hay un cuento que espera ser escrito.

 

“No  hago más que pensar en ustedes, quisiera estar ahí para compartir mejor el justo dolor que sienten”, escribe Odila. “Créeme que más lo pienso menos puedo creer todo lo que pasó. Es una prueba demasiado dura, querida, pero no hay más remedio que sufrir y callar. ¿Contra quien ha de rebelarse uno?”.

 

Por culpa de este hallazgo ahora dudo. ¿Cuántas historias truncas o instantes felices viven en esas dedicatorias de puño y letra? ¿Podré resistirme la próxima vez, cuando deba decidir desechar un incunable mancillado? Ya no sé si podré abandonar al olvido esas caligrafías del pasado.

De una cosa sí estoy seguro: las aventuras por Corrientes, sujetas a los designios del azar, son una invitación a territorios de literatura ajena y propia.

  

© Miguel Sardegna

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