El fenómeno de la belleza
Desde hace ya cuatro años, trabajo a dos cuadras de la calle Corrientes, ese Paraíso de librerías de viejo, polvo y volúmenes perdidos entre volúmenes, libros de tiempos pretéritos que esperan pacientes. Mis almuerzos no podrían ser otra cosa que una condena de devota peregrinación y arqueología.
Stephen King declara en Mientras escribo (On Writing, 2000) que lee entre setenta u ochenta libros al año. No hay datos —¿dos veces setenta?, ¿tres veces ochenta?— de cuántos libros compra. Por pudor esconde ese dato que imaginamos monstruoso.
Varias veces me he propuesto dejar constancia documental –fehaciente, diría un abogado que le roba horas al día– de cada nuevo volumen que pasa a integrar mi vasta colección de lecturas pendientes, desde la materialidad amenazante de una biblioteca abarrotada. Sería una suerte de itinerario de hallazgos personales, una carta de navegación, un mapa meticuloso e inútil que algún día me definirá mejor que las pequeñas arrugas que trazan sobre mi cara estos vastos expedientes celestes y rosados que cubren mi jornada. Siempre lo pensé como un modo de saldar mis deudas, de devolver el equilibrio que pierde el mundo cada vez que descubro un incunable y, como el peor cazador de tesoros, cambio una cueva secreta y sagrada por un anaquel de mi casa. Sé que no he sido justo con Leo Perutz, quien pudo ser amigo de Kafka y ciertamente ya es amigo mío. Tampoco he sido fiel con Ray Bradbury, con Lemony Snicket, con Robert Howard, con los volúmenes 2 y 5 de la “Biblioteca de Babel”, con aquel librito de historia de la cultura china, editado por el Fondo de Cultura Económica hace más de medio siglo. “En tiempos de la dinastía Tang, sólo los poetas podían ejercer funciones públicas”, leo al azar en una página perdida entre tantas otras. Una lectura al azar. Probablemente el mismo azar que promete, como enseñó el I-Ching, revelarnos en alguna página cualquiera la sentencia que descifra el universo. Tampoco he rendido el tributo que merece Oscar Wilde y un extraño libro de conversaciones. Clive Barker traducido, ese milagro de palabras y oscuridad y fantasía merece algún himno. ¡Y la deliciosa correspondencia de Calvino, de sus tiempos de editor en Einaudi! ¿Qué decir de Louis Pergaud y esa guerra feroz entre longevernos y velranos? Acaso la patria sea esas guerras de botones de la infancia.
Como yo, Umberto Eco también padeció el conjuro de las librerías de viejo, pero él sí supo dejar registro de esa pasión tan cercana a la pasión del tahúr. ¿Y qué calle sino Corrientes para hablar de arquetipos y de esencias? Eco consigna en su prólogo a El nombre de la rosa que en 1970, curioseando en una pequeña librería de viejo de Corrientes, tropezó con la versión castellana de un libro de Milo Temesvar que insistía en citar el manuscrito de Adso de Melk, el joven novicio que relata los crímenes de esa famosa Abadía.
Mientras espero por un descubrimiento como el de Eco, mientras trascribo mi propio manuscrito apócrifo de época, con el perfume de la Inglaterra de Shakespeare, mientras sueño con una puesta de sol en las librerías de viejo de Tokio, en el sitio preciso en el que casi seiscientos años después de su composición se descubrieron los tratados estéticos del hacedor del teatro Noh, comienzo estas Memorias de Alejandría.
© Miguel Sardegna
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