A comienzos del año pasado, los perros del barrio de Ituzaingó comenzaron a desaparecer. Corrían la misma suerte, sin distinción de pedigrí, perros callejeros y con dueño. Simplemente desaparecían. En abril, se descubrieron los rezagos de dos de ellos en los refrigeradores de una pizzería. Los medios argentinos dedicaron al menos dos días a cubrir la noticia; una noticia sin duda desagradable, en especial para quienes alguna vez se habían aventurado a probar los manjares del local. Tal fue la impresión causada, que a algún panelista se le ocurrió comentar que la historia era digna de una novela de Stephen King.
“Una novela de Stephen King”.
Dicen que cuando alguien habla mal de uno, pican las orejas. Ese día Stephen King se debe haber rascado un buen rato. Y es que difícilmente un buen escritor centraría siquiera un cuento –menos aún una novela– en una historia como esta.
Desde luego, hay contextos en que podría ser efectiva. En su cuento “Dos amigos”, Maupassant escribió:
“París estaba bloqueado, hambriento, agonizante.
Apenas había ya gorriones en los tejados ni ratas en las alcantarillas”
Queda en nosotros preguntarnos qué ha sido de los gorriones y de las ratas de París.
Episodios como el de Ituzaingó pueden ganar fuerza y tornarse desgarradoras en la ficción cuando con ellos se busca describir una situación de miseria, como la que nos muestra Maupassant. Pero cuando lo que se busca es generar terror, un cocinero deshuesando perros no es la mejor opción. Una escena así, más que horror provoca risa. La literatura ya ha superado –por mucho– anécdotas como esta. Lo ha hecho hace ya más de un siglo, con los mitos del vampiro y de los zombies, con las bestias marinas de Hodgson.
No contentos con hacernos servir de alimento a bestias mitológicas, hubo escritores que nos pusieron en las garras de caníbales, barberos siniestros y panaderas con extrañas recetas.
En 1991 Anthony Hopkins interpretó a un personaje inolvidable, creado por Thomas Harris, un escritor muy respetado en el género de terror. Acaso lo más curioso acerca de este talentoso escritor es que se ha ganado el respeto de lectores, críticos y colegas con la publicación de tan solo cinco novelas en treinta años, de las cuales cuatro tienen a Hannibal Lecter como personaje, ya sea secundario como principal. Y es que se trata de un personaje inolvidable. En una nota escrita para el lanzamiento de Hannibal, su cuarto libro –y el tercero en que aparece Hannibal Lecter (después de El dragón rojo y El silencio de los inocentes) –, Stephen King dice que “Hannibal es el Conde Drácula de la era de los ordenadores y los teléfonos celulares”.
La música también tiene su asesino inolvidable, un barbero cegado por la necesidad de venganza que –en sociedad con una panadera desequilibrada– atrae a sus víctimas con la excusa de afeitarlos, les corta la garganta y arroja sus cuerpos por una compuerta que da a la panadería, donde la Sra. Lovett los usa como ingrediente secreto para sus deliciosos pasteles de carne. Me refiero, desde luego, al barbero Sweeney Todd.
El año pasado, por la misma época en que desaparecían perros en Ituzaingó, se estrenó en los cines de Buenos Aires la película de Tim Burton, Sweeney Todd, el barbero de la calle Fleet, protagonizada por Johnny Depp y Helena Bonham Carter. La película es una excelente adaptación de la comedia musical homónima, compuesta por Stephen Sondheim y estrenada en 1979.
La historia del barbero se remonta a tiempos muy anteriores. Esta leyenda urbana se volcó al papel por primera vez en el cuento “The String of Pearls: A Romance” publicado en capítulos por el periódico The People entre 1846 y 1847 y nunca traducido al castellano.
Sweeney Todd fue fuente de inspiración para muchos otros cuentos, novelas, obras teatrales, e incluso un cómic. La comedia musical de Sondheim está basada en la obra teatral de Christopher Bond –escrita en 1973-, la primera en introducir el componente de venganza en las acciones del barbero y la primera en generar una suerte de sentimiento ambivalente –un dejo de simpatía– hacia el personaje.
Pero todavía se podía dar un paso más. En 1982, Stephen King publicó el cuento “Superviviente”, recopilado por editorial Grijalbo en la antología La expedición (Skeleton Crew), de 1987. King nos muestra el diario de un cirujano que, tras intentar contrabandear grandes cantidades de heroína en un crucero, es abandonado en una isla desierta y, agonizando de hambre, utiliza sus conocimientos médicos para mutilar partes de su cuerpo y alimentarse.
Una historia parecida escuché hace unos años en un bar, contada por una narradora. ¿Cómo pensar en una escena más perturbadora?
La prueba está en los libros: en la literatura de horror no se comen empanadas de perro, en la literatura de horror, la comida somos nosotros.
© Mariana Alonso
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