En Grecia fueron los aedos; en la Europa Medieval, los juglares y los bardos; en Japón, los bonzos ciegos o biwa-hoshi: los sacerdotes del biwa. La épica ha sido hecha para ser cantada.
Matsuo Basho los recuerda en sus Sendas de Oku, en ocasión de su duodécima parada, en Sue-no-Matsuyama:
“Esa noche oí a un bonzo ciego cantar en el estilo del norte llamado Oku-Johruri, acompañado por el instrumento biwa. Su estilo no era el usual del acompañamiento de las baladas guerreras o de los cantos para danzar. El son era rústico y como tocaban cerca de donde reposaba me pareció demasiado ruidoso. Pero era admirable que en tierras tan lejanas no se hubiese olvidado la tradición y se cantasen esos viejos romances”.
En efecto, los biwa-hoshi,
músicos errantes muy populares en el período Nara, recitaban historias de
batalla acompañados del biwa.
Tan fuerte es la imagen de aquellos músicos que incluso Buson —gran poeta, dibujante y calígrafo japonés— los destacó ilustrando justamente aquel pasaje donde Basho los menciona.
La historia más veces cantada fue sin duda el Heike Monogatari, traducido al español como Cantar de Heike, y publicado en 2005 por la editorial Gredos. La historia narra un acontecimiento real, la lucha entre dos clanes guerreros que se disputan el poder: los Heike (o Taira) y los Genji (o Minamoto). Hacia fines del siglo XII, la familia real se encontraba dividida; el trono, vacante; y cada clan apoyaba la ascensión de un emperador distinto. Este conflicto condujo a la destrucción de la corte imperial. El Heike Monogatari es testimonio de la caída de aquella corte exquisita descripta por Sei Shônagon en su Libro de la almohada y el surgimiento de una nueva era, la de los samurai. El enfrentamiento entre estos dos clanes guerreros, conocido como la Guerra de Genpei, formó —durante años— parte de la tradición oral. Hay más de setenta testimonios escritos que dan cuenta de esas versiones, pero no fue hasta el año 1371 que un bonzo ciego llamado Kakuichi volcó al papel la versión definitiva y más extendida del Heike y lo catapultó como obra cumbre de la literatura japonesa.
Dice Lafcadio Hearn en uno de sus cuentos más celebrados que “elevó la voz y entonó el canto del combate del mar encrespado, y los sonidos de su biwa imitaban el chasquido de los remos y el bogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido del acero sobre los cascos, la caída de los cuerpos en el agua”.
Pero el mérito de los biwa-hoshi no solo reside a la creación de un clásico. El Cantar de Heike es valioso, independientemente de su valor artístico, por su papel en la formación de los principios morales y las normas de honor que regirían los siglos siguientes. Es el Cantar de Heike el que sentará las bases del bushido, el código samurai.
Si bien el Heike aporta datos históricos veraces, tales como fechas y nombres, el límite entre realidad y ficción es borroso. No todos sus personajes existieron, ni todos los actos heroicos narrados en sus páginas ocurrieron realmente. El Cantar de Heike —llevado de pueblo en pueblo por bonzos— es historia y mitología. Es mitología en sí mismo y fuente de innumerables mitos.
“Hace más de setecientos años, en Dan-no-ura, en las gargantas del Shimonoséki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heike, o clan Taira, y los Gengi, o clan Minamoto. Allí fueron exterminados los Heike, con sus mujeres y sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tennô. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados...”
Así comienza el famoso cuento de Lafcadio Hearn: “La historia de Mimi-Nashi-Hôichi”. El escritor hace, con estas palabras, referencia a un cangrejo de características únicas que habita el mar de Japón: el cangrejo-heike. Su caparazón lleva una marca que recuerda increíblemente la cara de un samurai. Dicen que estos cangrejos son las almas de los guerreros Heike que se tiraron al mar tras su derrota en Danno-ura. Hoy los pescadores los devuelven al mar, en honor a los guerreros.
Si aún fuera corriente encontrarse con un biwa-hoshi en algún pueblo remoto de Japón, quizás las almas Heike presas en el mar serían tema de su canto.
Lo cierto es que en la actualidad, los bonzos mismos han pasado a formar parte de la mitología de país. Lo hicieron en la imagen de Hôichi el desorejado, protagonista de un mito recogido por Lafcadio Hearn en su cuento “La historia de Mimi-Nashi-Hôichi”, donde los espíritus vengativos del clan Heike regresan para apoderarse del alma de un bonzo ciego. Para esconderse de ellos, el bonzo cubre su cuerpo con textos sagrados, pero deja sus orejas sin cubrir. Los espíritus no pueden verlo, pero sí ven sus orejas y se las arrancan. El mito del Hôichi, el desorejado, es popular en Japón y su imagen es venerada en más de un templo. Lafcadio no podría haber elegido mejor protagonista para rendir homenaje a la tradición. Acaso no exista mejor modo de hacer leyenda que de la mano de un biwa-hoshi.
© Mariana Alonso
marianaalonso@revistaaxolotl.com.ar
grabado de Hiroshige Tokaido