Verano

 

Un vapor emana del asfalto. Las rachas de viento se dan en cuentagotas y no hacen más que revolver el vaho hirviente, como un cucharón en la sopa del infierno. Seis de la tarde, el calor aprieta y no dejará de apretar hasta bien entrada la noche.

El hombre —llamémoslo Oscar— sale del trabajo y contempla el cielo recortado por los edificios. En su cabeza reverbera una metáfora gastada.

—Vivimos en una jungla de cemento —las palabras dejan traslucir su indignación—. Una trampa de hormigón, ruido, vigas, alquitrán y otros ingredientes.

Mientras regresa a casa en su Renault (que no tiene equipo de aire acondicionado) va dejándose vencer por pensamientos agrios. Anoche, en el noticiero de las nueve, alcanzó a leer al pie de la pantalla un titular que no se correspondía con las imágenes: Jubilado muere en la cola del Banco. Ahora, con las manos transpiradas en el volante, se figura a los viejitos soportando estoicos el sol del mediodía, casi inmóviles, hasta que alguien se desploma como un tronco reseco y se quiebra la cadencia de esa oruga humana que avanzaba pesadamente.

Mejor no pensar en esas cosas.  Sería lindo —murmura—, sería lindo echarse a la sombra de un árbol frondoso, cargado de savia, de esos que mantienen la tierra húmeda y que no dejan pasar ni un hilo de sol por entre el follaje.

Pero los pocos árboles que ve por el camino son escuálidos; las hojas, negras de hollín. De todos modos, si detectara un árbol de ese tipo no se atrevería a detener el auto y sentarse a su sombra. Prefiere la intimidad y el frescor del balconcito de su casa, pequeña fortaleza ahogada de plantas y retoños. Un humilde deseo después de un día abarrotado de trabajo: leer en la reposera y tomar una cervecita bien helada. Ah, qué buena vida la de esos barrigudos que se sientan bajo el alero del porche (la botella de Quilmes entre las piernas, la camisa desabotonada, las chancletas junto al banquito) y miran pasar a la gente enloquecida. ¿Por qué correrán tanto? ¿Con qué propósito?, se preguntarán ellos, burlones, mientras le dan una pitada larga al cigarrillo y saborean perezosos la cerveza.

Por fin en casa. Después de una ducha fresca, se calza las bermudas y las ojotas. Y así, en cueros, empuñando la botella de cerveza, enfila hacia el balcón. Vuelve por un vaso y la empanada que le sobró de la noche anterior. No, no va a meterla en el microondas. Sucede que nunca le sale recalentar bien las empanadas; es decir, darle la temperatura justa. Si le queman la lengua, termina a las puteadas. Y si el calor no es suficiente, resulta una empanada tibia en los alrededores de la masa y helada en el centro, y esa mezcla de frío y calor lo  molesta, lo pone de mal humor. Qué le vamos a hacer, uno se vuelve mañoso a medida que envejece.

Sólo le falta el material de lectura. Eso es lo que lo diferencia de esos barrigones en los que pensaba hace un momento. ¡Qué los va a envidiar, si no hacen más que vegetar en la vereda mirando pasar la vida, pobres tipos! En cambio, él… Él podrá trabajar de encargado en un depósito, pero es más que eso, más que un hombre en la multitud. Con los años se fue armando una buena biblioteca. Sí señor, un gran lector se considera Oscar, por sobre todas las cosas y, de vez en cuando, se le da por escribir, aunque no le ha mostrado a nadie sus borradores.

Sus dedos, como sutiles tentáculos, rozan la textura de los lomos y eso le resulta placentero, a pesar del polvo que se adhiere a la humedad de sus manos. La calle es una mugre —se justifica—. La ciudad toda es una mugre, y uno no puede andar limpiando la casa todos los días.

Saca del estante un libro de Beckett y otro de Kawabata, pero al final se decide por Responso, la novelita de Saer que estuvo leyendo el otro día. Ahora sí: “il dolce far niente”. Rodeado del verdor de sus plantitas, sentado a pata ancha, se zampa un vaso de cerveza (el frío le baja por la garganta sedienta) mientras que con la otra mano se acaricia el pecho salpicado de motas de luz. Sopla algo de viento y el jazmín impregna el aire con su perfume. Ni el rugido ni el humo de los colectivos que pasan por la puerta logran agriarle el ánimo. Deja el vaso sobre la mesa, con un resto de espuma y abre el libro de Saer.

 

No había en el mundo entero nada mejor que ese vaso de cerveza rubia, coronada de espuma blanca, que pasaría por el interior ardiente de su cuerpo, por las vísceras gastadas, como una brisa fría; ni el olor inquietante de su cuerpo, ni sus muelas podridas, ni sus ciento veinticinco kilos torpes y ansiosos parecían sobrevivir en ese instante; todo parecía haber desaparecido sin dejar rastro. Y casi parodiando su propia plenitud, con un ademán en exceso demorado, Barrios alzó el segundo vaso de cerveza y se lo mandó de un trago. La cerveza enfrió suavemente su garganta y su pecho. Barrios dejó el vaso vacío sobre la mesa y cruzó las manos sobre el abdomen. No tenía ganas de hablar, solamente de pensar en sí mismo y contemplar el vasto mundo que se extendía alrededor suyo, un mundo sobre el que él reinaba en ese momento.

 

¡Eso mismo es lo que está sintiendo Oscar! Menea la cabeza blandamente y le da un mordico a la empanada. Se sacude los restos de comida que saltaron a sus bermudas. Se dispone a seguir leyendo, cuando advierte una agitación a su derecha. El ficus se estremece. Oscar se yergue y observa. Unos dedos emergen de la planta y de pronto aparece entre las hojas la cara de Molinari.

—Qué hace, vecino —lo saluda Molinari.

—Nada —responde él—. ¿No ve?

—Veo que la está pasando fenómeno.

Indiferente, Oscar se refugia en la lectura. Su vecino suelta el ramaje y se pierde del otro lado, en su balcón.

Oscar no puede seguir leyendo. Se siente incómodo, enojado consigo mismo. Tan amable, Molinari. Y él haciéndose el interesante. Quién me manda a mí a leer en el balcón, rezonga, y le encaja otro tarascón a la empanada. Es tarde para disculparse y establecer un intercambio ameno de palabras. O tal vez no. Pero ¿sobre qué podría hablar con ese jubilado que se la pasa mateando y boludeando en la puerta del edificio o jugando a las bochas en el club roñoso de la esquina? Su vecino: un hombre insignificante en la gran masa de la vida bonaerense. Verlo vegetar, como si todo le diera lo mismo, le envenena la sangre. Él, por el contrario, se cultiva, y cada tanto se le da por demorarse en reflexiones acerca de la vida y de la muerte y sobre la humanidad toda.

La intervención fugaz de Molinari le cambia el ánimo, le arruina la tarde, lo que queda de esta tarde difusa de nubes inflamadas. Es que no nos parecemos en nada, cavila él con la boca abierta, la cabeza inclinada levemente hacia atrás, el índice escarbando una de sus muelas podridas.

 

 © Daniel De Leo

 

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