Acerca de Solaris y las formas del infierno
Cierro el libro, lo apoyo sobre mis rodillas pero sin soltarlo. El griterío de los chicos me devuelve a esta realidad. Sentado en un banco de la Plaza del Avión, en la localidad de El Palomar, miro con extrañeza el mundo, como si estuviera de regreso después de un largo viaje. Una travesía por el espacio. En el centro de la plaza se erige una especie de carcasa con alas sostenida por tres columnas de metal. A mi lado —me percato ahora—, un viejo inmóvil parece bucear en los huecos de su memoria, demorado tal vez en algún recuerdo.
Solaris, del polaco Stanislav Lem. Un clásico de la literatura. Alzo la mirada hacia una porción del cielo y me pregunto si existirá un planeta semejante al que delineó Lem en este libro. Un planeta cubierto por un océano viviente, un océano dotado de razón. Un océano que, de un modo misterioso, logra escarbar el inconsciente de los tripulantes de la Estación Espacial.
Queda claro que la novela va más allá de la denominada ciencia ficción. Es una obra de planteos metafísicos y conjeturas, que ahonda en las reacciones del ser humano ante una situación que escapa a toda lógica. Incluso las partes en que se explica minuciosamente el comportamiento del océano (y sus innumerables transformaciones) no son gratuitas. Comprendo que esas páginas me permiten tener una idea más definida de Solaris; es decir, de la complejidad del planeta, pero sin llegar a desentrañar nunca sus secretos.
Un argumento cautivante y originalísimo (si no fuera porque la literatura, como se sabe, no hace más que reelaborar los eternos conflictos del alma humana).
En un intento de resumen podríamos decir que un astronauta llamado Kelvin, que además es psicólogo, viaja a la Estación Espacial Prometeo y que allí se entera de que uno de los tripulantes se quitó la vida y que los otros tienen comportamientos extraños. Los tres únicos astronautas de la Estación (Kelvin incluido) ven alterada la rutina ante la presencia de ciertos visitantes. Los visitantes son una materialización de sus conciencias, de sus propios miedos. Y cada astronauta reacciona de un modo distinto ante esa cosa que le ha tocado en suerte, esa criatura que tiene que ver con uno y de la que resulta imposible desprenderse. El visitante es vulnerable. Sufre, sangra, llora. Sin embargo, aunque uno se deshaga de él, vuelve. Siempre vuelve.
Encuentro una vaga similitud entre la convivencia de visitantes y astronautas, y la situación que se da en la obra A puerta cerrada, de Sartre, donde un grupo de individuos (que no se toleran) debe permanecer en una habitación que es nada menos que el infierno. Curiosa asociación. O no tanto. Después de todo, los astronautas deben convivir y lidiar con lo siniestro. Siniestro en el sentido que le daba Freud al término: aquello familiar que desconocemos.
A mi lado, el viejo mastica unas palabras que no nacen, que se le deshacen en la boca, mientras les arroja a las palomas unas semillas que va sacando del bolsillo de la campera. En eso, me mira. Se sonríe. Parece querer decirme algo, pero nunca lo dice. Las palomas picotean las semillas y de pronto remontan vuelo, espantadas por un mocoso que cruza a todo trapo en su bicicleta.
Dos señoras se ponen a charlar junto a la fuente. Se me da por pensar en lo arduo que resulta entendernos con nuestros semejantes. (Un malentendido puede desatar una guerra). Imagino cuánto más difícil sería la comunicación con otro mundo cuyo complejo funcionamiento desconocemos. La necesidad de comprender y de buscar respuestas es inherente al ser humano. Muchas veces deambulamos a tientas, y unas hipótesis van sustituyendo a otras. Se arman teorías tan endebles como castillos de naipes. Se llega así a un callejón sin salida. Como en el caso de Solaris, donde las investigaciones finalmente se estancaron. Poco se había logrado conocer sobre el extraño planeta cubierto de un mar cuyas olas construían figuras abstractas y otras familiares (un jardín, un bebé de dimensiones descomunales), figuras que se iban formando lentamente y que luego se desmoronaban como vencidas por su propio peso. ¿Tenía aquello algún significado? Se dejó un poco de lado el estudio de Solaris, que les provocaba a los científicos más dolores de cabeza que otra cosa. Sin embargo, la Estación Espacial continuó funcionando. Los tres astronautas a bordo llevaban una vida sin sobresaltos, hasta que se les ocurrió aplicar rayos X sobre la superficie del planeta. Después de esos experimentos aparecieron los visitantes.
Pero, ¿qué son realmente los visitantes? ¿Una especie de ofrenda? ¿Son la manera que tiene el planeta de comunicarse? Un detalle: los visitantes no saben que lo son. Sospechan que algo raro sucede con ellos o en el entorno, pero no dan con la respuesta.
¿Quiénes son nuestros visitantes?, me pregunto ahora, sentado en este banco de la plaza. En tanto, las palomas, con sus cuellos de un matiz violáceo y refulgente, vuelven a aterrizar a la sombra del avión inmóvil que asoma entre los árboles. Estrepitosas, se van posando sobre el césped, picotean aquí y allá en busca de semillas o alguna porquería para llevarse al buche. Estudio a esas criaturas de movimientos torpes y me doy cuenta de que, hundidas en su propia realidad, me ignoran. Las miro como seres inferiores, como plagas con las que debemos convivir. Pero, ¿realmente se trata de una convivencia? Así como ellas no piensan en nosotros, tampoco nosotros nos detenemos a pensar en ellas. ¿Reflejan estas criaturas mis terrores? ¿Son ellas mi visitante? No creo.
Vuelvo a Sartre: El infierno son los otros. En efecto, vemos en los demás nuestras propias miserias y errores. El otro me contiene pero también me condena. Será por eso que tratamos de no mirar directo a los ojos (al menos, no por demasiado tiempo), de no comprometernos, de tomar distancia. Del mismo modo, también nuestros ojos reflejan las perversiones del otro, sus limitaciones, sus defectos y virtudes. Exhibimos esas cualidades sin querer, simplemente siendo, conviviendo entre mortales. Somos espejos. Y por más que intentemos ocultar el miedo, siempre algo nos delata: una fisura en nuestras pupilas que deja al descubierto una certeza, la certeza terrible de la finitud.
Así es, me digo. La angustia de sabernos transitorios no se puede disimular. La evidenciamos en el anciano, el enfermo, el débil, en nuestros antepasados. La veo en el viejo sentado a mi derecha. Todos ellos son mi visitante. Es decir, mi dolor y mi miedo. Ellos. Y el espejo.
© Daniel De Leo