Arlt, Borges y el idioma de los argentinos |
El ídolo, al alcance de la mano
A la salida de la clase, pasadas las diez de la noche, cansados y abrumados de tanto cálculo, algunos estudiantes universitarios se fueron a sus casas; otros, a tomar una cerveza y fumar y hablar de mujeres y de fútbol, pero uno se metió en una librería de la calle Corrientes, con la intención de comprar algo de narrativa. Levantó un libro del estante —Ficciones, de Borges—, estudió la prometedora reseña de la contratapa y resolvió llevarlo.
A pesar de que no se sentía capaz de asimilarlo cabalmente, de captar las ironías y los guiños del autor, el libro lo dejó abrumado; no como los teoremas y las ecuaciones, se trataba de algo distinto: deslumbramiento, esa es la palabra, el magnetismo que ejerce sobre uno la prosa rica y exquisita de un hombre de genio. Nuestro amigo no estaba preparado para sacar provecho de semejante universo armado de tiempo, tigres, puñales, laberintos; sin embargo, en pocos meses acabó por comprar los cuatro volúmenes de las obras completas.
La lectura lo llevó a garabatear historias (necesitaba hacer algo con esas ficciones que lo estaban marcando) y, como es de suponer, aquellos esbozos resultaron una mala imitación del estilo borgeano. Se le colaban palabras y expresiones habituales en Borges, y no sólo eso, también los argumentos se le impregnaban de inquietudes metafísicas y conjeturas en las que nunca antes había reparado. Acaso cada hormiga que pisamos es única ante Dios, que la precisa para la ejecución de las puntuales leyes que rigen su curioso mundo, decía Borges en un poema, y esa idea le resultaba novedosa. Con el tiempo —lecturas mediante— se dio cuenta de lo difícil que era dar con una idea original. Ya todo lo escribieron los griegos, le confesó un librero amigo, y aquello lo desanimó. (No era para tanto, la originalidad puede lograrse desde el modo de plantear y expresar una visión del mundo; es decir, desde la forma de narrar).
A nuestro joven le resultaba arduo enhebrar cada línea de esa prosa barroca que volcaba en el papel. Había tomado por el camino más difícil. Se sentía limitado, encorsetado. Hasta que, tras años de bucear en las aguas de diversos autores de la literatura universal, se le dio por pegar la vuelta, mirar hacia adentro, hacia los escritores argentinos: Conti, Saer, Marechal, Soriano, Puig, Cortázar...
Uno lee desordenadamente, como hay que leer. Es por eso que el muchacho llegó tarde a Roberto Arlt, cuya obra lo marcó tanto como Borges. Probablemente no lo hubiera podido digerir en los años en que se inició en la literatura. Es más, lo hubiera rechazado de inmediato. Pasar de Borges a Arlt, sin un cúmulo de lecturas previas y distintas, hubiera sido una imprudencia, un salto demasiado brusco.
Descubrió, decíamos, a Roberto Godofredo Christophersen Arlt, escritor apasionado, turbulento, trasgresor. Nuestro amigo se asomó a su obra a través de Los siete locos, novela trascendental de la narrativa argentina. Y comenzó a soltarse, a no tenerle miedo a las palabras, aflojó el corsé que él mismo se había impuesto y se despojó de la solemnidad.
Un día, en el suplemento de “Espectáculos” de Clarín, leyó una entrevista que lo iluminó. El compositor Atilio Stampone, al ser consultado sobre su identidad sonora, había dado esta respuesta: Siempre vuelvo a la roña del tango. Creo que tengo un sonido que me identifica. Me costó mucha goma de borrar lograrlo.
Eso le faltaba a la escritura de nuestro personaje, roña. Y si bien había logrado escribir cuentos de relojería más o menos dignos, no se sentía como pez en el agua. Hay algo placentero en el arte de narrar —reflexionaba—, pero también algo de limitación y contrariedad. Una tarde, en homenaje a Arlt, se le dio por redactar una reseña:
Roberto Arlt fue un subversivo en el sentido de haber ido más allá de los cánones, de combinar lo que se suponía imposible o inadmisible: lo sublime con lo grotesco en un lenguaje excepcional. Sus personajes, contradictorios y atormentados, se nos presentan como seres perdidos en la hostilidad del mundo. Sin embargo, parece latir en ellos la humilde esperanza de una salida. Los vemos hundidos en el fangal más degradante: chapalean en busca de la salvación o, al menos, de una oportunidad.
En Arlt, arcaísmos y porteñismos se entrecruzan para concebir expresiones muchas veces pintorescas. Un lenguaje particular que conviene al escenario sórdido de esa Buenos Aires pujante de principios del siglo XX. Ciudad de inmigrantes, barcos y conventillos, habitada por personajes de arrabal, porteños en musculosa que se asoman a la puerta como guardianes de la nada, hombres que se despiojan los pelos del sobaco en un oscuro bodegón, jorobados, rengos, prostitutas, delincuentes, alucinados y cornudos. Niños, hombres y mujeres con el alma mezquina van bordeando los extremos, a veces condenados de antemano. En fin, criaturas con algo de monstruo o de ridículo que cohabitan con otros desdichados de alma tumultuosa en una ciudad —la metáfora es de Borges— que crece como una planta que hace ruido.
Así como el tango fue un híbrido en sus comienzos, hasta que encontró su molde y su forma, del mismo modo la inmigración transformaba la cultura del país. Arlt sintió la necesidad de rescatar algo de todo aquello, de dejar un registro imborrable de ese mundo que se desvanecía ante lo moderno y el desarrollo industrial.
Roberto Arlt fue un escritor que tenía mucho para decir. Acerca de cómo lo decía, si incurría o no en errores gramaticales, es un tema que pasa a segundo plano ante la evidencia de su fuerza expresiva, de la singularidad de su prosa. Porque, cómo olvidar a Erdosain, al Rufián Melancólico, al Astrólogo, a Roberto Astier, a tantas criaturas de sus Aguafuertes. En palabras de Abelardo Castillo (Ser escritor, Editorial Perfil, 1997): Si la importancia de un escritor se midiera por la corrección o aun por el esplendor de su escritura, Quevedo sería mayor que Cervantes y Homero habría borrado a Píndaro. Uno termina preguntándose si un cierto grado de barbarie no será una de las condiciones del arte perdurable.
De cuando en cuando, a nuestro personaje se le cuelan argentinismos y lunfardismos. A veces más, otras menos, depende del cuento que esté trabajando. Inevitable. Un primo de España, que gusta de la lectura, le reprochó el uso o abuso de términos como: mina, curda, timba, guita, fiaca, jermu, laburo. Después de reflexionar, nuestro amigo llegó a la conclusión de que dichas palabras le habían surgido naturalmente y eran adecuadas en el contexto en que las había utilizado. Si bien valoró la observación, debió recordarle a su primo que hablaban casi el mismo idioma.
—Qué le vamos a hacer —escribió al final de su mensaje—, una lengua nos separa.
© Daniel De Leo