El  oreja, niño homicida

 

 

Cayetano Santos Godino, a quien los cronistas de la época apodaron “El Petiso Orejudo”, fue arrestado en el año 1912 y, hasta su muerte, nunca más recuperó la libertad. Tenía dieciséis años y había cometido cuatro homicidios y siete tentativas de homicidio. Sus víctimas eran niños a los que hirió, prendió fuego o ahorcó con una cuerda que llevaba como cinto. El Petiso Orejudo, primer asesino en serie de la historia policial argentina, fue además un pirómano que provocó siete incendios, algunos de consideración.

Bajito, frágil, de brazos largos y orejas aladas. Su aspecto de idiota le permitía acercarse a niños pequeños y ganarse su confianza. Callejeaba por los barrios de Almagro y Parque Patricios. A principios del siglo XX, la zona era un arrabal de quintas, baldíos y construcciones bajas.

En 1904, con apenas siete años, inició su carrera criminal. En un baldío de la calle Estados Unidos, golpeó y arrojó sobre unas espinas a un niño de un año y nueve meses, Miguel de Paoli. Un vigilante los vio y se llevó al agresor a la comisaría, donde su padre tuvo que ir a buscarlo.

Cayetano vivía con sus ocho hermanos y sus padres, inmigrantes italianos, en un conventillo del barrio de Boedo. Concurrió a varias escuelas, pero siempre era expulsado por su comportamiento rebelde y la falta de interés en los estudios. Fiore Godino, el padre, trabajaba como farolero. Hombre analfabeto, alcohólico y golpeador, fue en parte responsable de que su hijo se convirtiera en criminal.

Un día, el padre entró en la comisaría y pidió ayuda para controlar a su propio hijo, de sólo nueve años. Explicó que no podía dominarlo, que rompía vidrios, que le pegaba a otros niños, y que si lo encerraba en la casa se ponía como loco. En una caja de zapatos, había encontrado a los canarios del patio. Cayetano les había arrancado los ojos y las plumas, dejando la caja al lado de la cama de su padre. El comisario fue a buscar a Cayetano al conventillo donde vivía con su familia, y se lo envió al juez. Tras una reprimenda, fue devuelto a su casa.

Hacia 1908, Cayetano ya había atacado a cuatro niños y asesinado a una niña a la que, después de intentar estrangularla, enterró viva en una zanja que cubrió con latas. El crimen, que cometió en un baldío de la calle Río de Janeiro, pasó inadvertido. Recién sería descubierto años después, cuando él mismo confesara sus crímenes y atentados ante la policía.

El Oreja pasó tres años en un reformatorio de Marcos Paz, del que intentó fugarse varias veces. El encierro no sirvió de nada. Al salir, cometió una seguidilla de crímenes e incendios. Estranguló a un niño de trece años, le prendió fuego el vestido a Reyna Vainicoff, de cinco años (la niña murió dos semanas después), atacó a tres niños más y cometió el que sería su último asesinato.

Este último crimen es el mejor documentado. Una mañana, Cayetano se une a un grupo de chicos que juegan en la vereda de la calle Progreso. Logra convencer a uno, Jesualdo, para que juntos fueran a comprar caramelos. Ambos se encaminan hacia el almacén, donde Cayetano compra dos centavos de caramelos de chocolate. El chiquito le reclama los caramelos, Cayetano le da un par y le promete más con la condición de que lo acompañe a un lugar alejado, la Quinta Moreno. Llegan así al lugar y, una vez que ingresan, Cayetano agarra a la víctima, la derriba y la inmoviliza poniéndole la rodilla sobre el pecho. Se quita el piolín que lleva por cinturón y lo enrosca en el cuello del niño, le da trece vueltas y procede a estrangularlo. Pero Jesualdo intenta levantarse, así que le ata los pies y las manos, cortando la cuerda con un fósforo encendido. De nuevo intenta asfixiarlo, pero Jesualdo se resiste a morir. Es entonces cuando al Petiso Orejudo se le ocurre atravesarle la cabeza con un clavo. Sale de la quinta y encuentra un viejo clavo de cuatro pulgadas. En eso, se cruza con el padre de Jesualdo:

—¿No viste a un nene chiquito?

—No. ¿Por qué no va a la comisaría? —responde Godino, amable.

El asesino vuelve al lugar. Y, usando una piedra como martillo, hunde el clavo en la sien del niño moribundo. Después cubre el cuerpo con chapas y huye hacia la casa de una tía, a tomar mate. El cuerpo fue encontrado minutos después por el padre de la víctima.

El Oreja se apareció en el velorio de Jesualdo. Se acercó al cadáver, permaneció un rato observándolo, luego salió con los ojos llorosos, compungido. Pero la policía ya sospechaba de él.

Cuando lo detuvieron, cuando lo fueron a buscar a la casa, le encontraron en el bolsillo un trozo de piolín —el mismo que usaba para atacar— y el recorte de diario en el que había salido publicado el asesinato de aquel niño. Cayetano tenía dieciséis años y no sabía leer ni escribir. Pero recortaba las noticias policiales que hacían referencia a los crímenes que él cometía, y se las daba a leer a un vecino.

  

Agitado, Cayetano entra en su pieza y se sienta en la cama. Hace un momento estuvo en el velorio de Jesualdo. Salió con los ojos llorosos, no porque sintiera dolor, sino porque otros también lloraban y es así como uno debe comportarse en un velorio. Nadie sospechó de él, al menos esa es la impresión que tiene. Mira alrededor: paredes húmedas, devoradas por enormes manchas de humedad. Las mira como si las formas le sugirieran algo. No tolera el encierro, y no se siente a gusto en la pieza. No bien el padre se distraiga, va a volver a la calle.

El clavo en la cabeza de Jesualdo ya no estaba. ¿Quién se lo habrá quitado? ¿Y para qué? ¿Para qué sacarle el clavo a un muerto? Total —piensa—, los muertos no sienten nada, se pudren en la tierra y después nadie se acuerda de ellos. Pero él sí se acuerda de uno: de su hermanito, que se murió de una enfermedad.

Saca un trozo de piola del bolsillo y juguetea con él. No le sirve como cinto. Demasiado corto. El otro pedazo se lo enrolló a Jesualdo en el cogote, y como el mocoso seguía moviéndose tuvo que buscar un clavo y martillárselo en la sien. Solamente así dejó de moverse. También la piola del cogote le quitaron a Jesualdo. ¿Por qué? ¿Para qué?

Guarda el piolín y se pone de pie, como si esperase a alguien. Sobre la cama descansa un papel de diario maltratado. Ojalá yo supiera leer, piensa Cayetano. Igual se lo dio a leer al vecino esa mañana: el hombre leía y no se daba cuenta de que la noticia hablaba de lo que él, Cayetano, hizo con Jesualdo. Son cosas que pasan. ¡Las veces que salió a buscar trabajo y terminó atacando a algún chiquito! No pudo evitarlo, no puede evitarlo. Aparte, otros también matan. En el reformatorio él no era el único, unos cuantos habían matado también.

Del otro bolsillo del pantalón, Cayetano saca una cajita de fósforos. Un solo fósforo, le queda. Lo enciende y piensa en lo que hubiera podido provocar con esa llama minúscula. El incendio de una fábrica o de un galpón. No importa que después tuviese que colaborar para apagarlo, llevar y traer baldes de agua, lo lindo es ver crecer las llamas, y a los bomberos metiéndose en el fuego.

A punto de quemarse los dedos, con la otra mano agarra el fósforo por el carbón de la cabeza —todavía caliente— y lo da vuelta, la madera intacta hacia arriba. El fósforo se consume y queda convertido en un filamento negro que Cayetano arroja al piso.

—Se acabó —murmura.

Golpes enérgicos en la puerta de calle. Oye voces, una conversación, luego pasos que se acercan. El padre entra en la pieza.

—La policía te busca —se inclina hacia delante, las manos en la cintura—. Qué mierda hiciste ahora, figlio disgraciato.

 

No sólo confesó el crimen de Jesualdo, sino también los otros que la policía no había descubierto. Lo hizo con lujo de detalles, recordando calles y fechas. Cuando le preguntaron por qué atacaba a niños, explicó que sentía fuertes dolores de cabeza que se traducían en deseos de matar.

—¿Y por qué se presentó usted en el velorio de Jesualdo?

A lo que Cayetano respondió:

—Quería ver si todavía tenía el clavo en la cabeza.

Era estudiado por los mejores psiquiatras, como un bicho de laboratorio. Los exámenes médicos determinaron que el Petiso Orejudo tenía veintisiete cicatrices en la cabeza, generadas por las feroces palizas que le encajaba Fiore y también por peleas callejeras.

El doctor Cabred, célebre alienista y director del Hospicio en el que lo recluyeron hasta que fue sentenciado, sostuvo este diálogo con el Oreja:

—¿Es usted un muchacho desgraciado o feliz?

—Feliz.

—¿No siente usted remordimientos por lo que ha hecho?

—No entiendo.

—¿Piensa que será castigado por sus delitos?

—He oído que me condenarán a veinte años de cárcel y que si no fuera menor me pegarían un tiro.

—¿Por qué incendiaba las casas?

—Porque me gusta ver trabajar a los bomberos. Cuando ellos llegaban, yo colaboraba trayéndoles baldes de agua.

—¿Y robar?

—He probado, no me gusta.

 

En el juicio, los médicos forenses argumentaron que Godino era un alienado mental, que su degeneración provenía de la falta de afecto, la limitación de su inteligencia y de su impulsividad mórbida. “Tiene conciencia y memoria del impulso destructor”, sostenían los dictámenes, pero era “un degenerado hereditario” y eso explicaba su sadismo.

Lo absolvieron, pero la Cámara del Crimen revocó el fallo y lo sentenciaron a perpetua. Lo encerraron en la Penitenciaría Nacional, en el barrio de Palermo. Pero la gente lo quería lejos. Así fue que en 1923 lo enviaron a la cárcel de Ushuaia, en Tierra del Fuego. Estuvo encerrado allí más de treinta años. No tenía amigos. No recibió cartas ni visitas. La familia, de vergüenza, había retornado a Italia.

Era costumbre que los presos salieran a trabajar. Una locomotora los llevaba a cortar árboles de los valles de la zona, a fin de conseguir leña para las estufas. También trabajaban en talleres y participaban en la construcción de calles, puentes, muelles y edificios. Andaban por la ciudad con sus trajes a rayas. Escapar era difícil. Muchos lo intentaron, pero tarde o temprano fueron recapturados o asesinados. ¿Adónde podían ir? ¿Cuánto tiempo podían resistir por esas tierras hostiles, acosados por el frío y el viento y el hambre. La isla toda era una cárcel.

A Cayetano le achataron las orejas. Una de las primeras operaciones de cirugía estética realizadas en el país. Se creía, ingenuamente, que en esas orejas aladas anidaba su maldad. La operación fue auspiciada por el gobierno, que envió un equipo médico y un fotógrafo a Ushuaia.

El Oreja fue encontrado muerto en su celda el día quince de noviembre de 1944. Tenía cuarenta y nueve años. Lo habrían golpeado otros presos en una confusa pelea. Sin embargo, el certificado de defunción indica que murió de hemorragias internas causadas por una gastritis avanzada.

No es mucho lo que se conoce acerca de los años de cárcel de Godino, quizá por eso es que, dependiendo de las fuentes consultadas, varía el desenlace. La historia o la leyenda agregan que Godino agarró al gato del penal, la mascota de los presos, le hundió los ojos y lo arrojó al horno de la cárcel. Ese acto vendría a confirmar la sospecha de que Godino nunca pudo aplacar sus deseos de matar. Pero lo cierto es que su comportamiento fue mejorando hasta llegar a ejemplar (1938). Aparte, no siempre la vida tiene un final redondo o sorprendente. Mejor dicho, casi nunca lo tiene. Su final, el de Cayetano Santos Godino, fue acaso menos truculento de lo que se cuenta. Con los años, Godino fue amansándose, dejándose morir. Se convirtió en una sombra, una bestia apaciguada, si se quiere, rodeado de paredes de piedra manchadas de humedad, una celda de un metro y medio por dos, donde pasaba largas horas de silencio, horas de no pensar en nada. O tal vez sí pensaba. Habrá recordado los años tumultuosos y bárbaros de su niñez, pero esos recuerdos le habrán parecido ajenos, una remota pesadilla. Acaso se buscó en ese pasado de locura y no se reconoció. La cárcel, el encierro y el tiempo finalmente lograron transformarlo en un despojo. Esa es la muerte que le cabe: la de un inadaptado que ha tardado treinta y cinco años en convertirse en un fantasma y en una sórdida leyenda.

En los minutos últimos de su existencia, entre la amargura y la agonía, tal vez llegó a comprender no los actos horrendos que había desatado, sino que no había nacido para habitar este complejo mundo. Y que la vida humana, la vida del otro, tiene valor. Un valor que la suya nunca tuvo.

© Daniel De Leo

 

 

 
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© Revista Axolotl, Número 20