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Bar con payasa Retazos de barrio, detalles que la urgencia cotidiana no nos permite descubrir o contemplar. Un guiño, una mano que rozamos a la salida del subte, el reflejo de una mujer en una vidriera, palabras que se pierden en el ruido, un linyera que dormita en una plaza, papeles de diario que ruedan sobre el asfalto como pajarracos mareados o heridos de muerte. De estas cosas quiero hablar, pormenores que miramos sin querer, sin mirar, mientras tenemos la cabeza en otra parte, en la quinta dimensión, pongo por caso, o en el tiempo loco el que nos toca vivir. Y a la noche, quizás, cuando el músculo duerme y las redes del sueño trabajan, un sedimento de voces y de gestos nos llegue como dardos indoloros, arrancados del contexto original. Sabores desflecados que resurgen en su misterio. O tal vez no, tal vez sepultamos esas sutilezas no bien las detectamos, al parpadear o bajar los ojos para prender un pucho. Incluso yo, responsable de esta nota, en ocasiones me emperro y ando como un ciego que además es sordo, distraído y a los tumbos. Veo todo negro o todo gris, me resbalan los detalles, hasta las Grandes Cosas se me escapan. Pero el tipo que escribe, que se dice escritor, debe estar siempre expectante. No al acecho o rasqueteando los rincones para conseguir alguna anécdota o la tan ansiada inspiración, sino con los sentidos alerta, abierto, permeable. Algo puede suceder de un momento a otro; mejor dicho, algo está sucediendo. Siempre. Y qué mejor lugar que un parque, para distinguir las nimiedades que acontecen en sigilo, medio escondidas, como si quisieran pasar de contrabando por el mundo. La tarde se apaga poco a poco. Dueño de mi tiempo, al menos por un rato, me limito a observar y a merodear por el parque Lezama. Un aire dorado se desparrama sobre los árboles, transformándolos en algo ligeramente distinto de lo que son. Las cosas se revisten de un color transitorio, el de los minutos que preceden a la noche. Yo me veo un poco como espectador de lo ajeno, encajado en este pedacito de ciudad que destila nostalgia. Todo se me hace remoto, inasible, pero a la vez cercano. Una gorda, duro el pelo y sucia la cara, sentada en un banco de cemento, despioja a un chico de cuatro o cinco años, seguramente su hijo. Como parte de un ritual tantas veces repetido, la mujer le escarba la cabecita al pibe, moviendo las uñas con nerviosidad. La ciudad no sería la misma sin estos personajes. El paisaje se volvería más aséptico, sí, pero también menos intenso y menos vivo. Al bajar hacia la vereda de la plaza, descubro, de la mano de enfrente, otra de esas criaturas que están como encajadas en la orilla de lo que uno llama realidad. Se trata de una mujer de sesenta o sesenta y cinco pirulos, trajeada de payaso. Sentada junto al vidrio, en un bar de mala muerte, fuma y espera. O a lo mejor nada espera, pero piensa, eso sí, abstraída, el pucho entre los dedos, suspendido a centímetros de su boca. Con la otra mano, el brazo extendido sobre la mesa, aferra el vaso en el que se transparenta la ginebra (qué otra cosa puede estar bebiendo). Cruzo la calle y me quedo vigilándola con disimulo, parado junto a un poste. Pinturita hecha de maquillaje y peluca amarilla y humo y alcohol; criatura de esas que le dan color a una esquina sin revoque. Acuarela de arrabal. La payasa chupa el pucho con violencia y lo vuelve a mantener entre los dedos, ahora en postura vertical. La brasa, farolito incandescente, va largando un revoltijo de humo que se desplaza rozándole los ojos. Me pregunto por las cosas que, a la vuelta de los años, habrán marcado a esta mujer, me pregunto por ese dolor que aflora en su cara, como un tópico. Tose, su pecho se infla y se desinfla como si escupiera jirones de tristeza o resignación. Ella me mira, me sorprende. Bajo la vista y, de espaldas al barsucho, me pongo a curiosear el parque. Al rato vuelvo a espiarla. Y se me da por inventarle un pasado. Me la figuro viviendo en una pensión del Once, sola, entre roña y penumbra, sin hijos, con un marido en el cementerio y otro, remoto, que la habría abandonado por una más joven. Si yo fuese un tipo entrador, me hubiera metido en el bar y capaz que le sacaba alguna confesión a esta mujer. Y, quién sabe, en una de esas hasta un lagrimón genuino le sacaba. La payasa se levanta y enfila hacia la puerta. Al pasar a mi lado se detiene. Se da vuelta, se queda mirándome. —Me estuviste fichando —me dije con una voz aguardentosa, de milonguera rea. —¿Cómo dice? —Que me estabas relojeando, pibe —insiste, levemente inclinada hacia delante, las manos en las caderas—. O te pensás que no me di cuenta. ¿Te debo algo o qué? —No, nada —se me ocurrió decir—. Es que me llamó la atención. No sé, así vestida… —Así me gano la vida, querido. ¿Y vos de qué te disfrazaste hoy? Me miré la camisa. Una reacción ingenua, lo reconozco. —¡Ah, qué personaje! —la vieja se echó a reír—. Que la inocencia te valga, pichón —dijo, y se fue arrastrando los tamangos colorados. A veces ocurre que el decorado se desarma bruscamente, como en este caso. Las figuras contempladas abandonan la armonía, escapan del todo que ellas componen. Y deja de agradarnos lo que vemos. O no. Como sea, ya no es lo mismo. Y es razonable que así suceda, ya que no se trata de un cuadro inmóvil, sino de segmentos que van mutando, a veces de modo sutil, otras con rudeza. Hay que saber captar el instante, retenerlo en la memoria y seguir nuestro camino. No como ahora, que me he demorado más de la cuenta y, en consecuencia, la payasa me ha increpado. Cuando esto sucede, cuando un pedazo de la realidad se nos viene encima, más vale mantener la calma, mirar al suelo, silbar bajito, reanudar la marcha como si nada.
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© Revista Axolotl, Número 18 |